Una superproducción con personalidad, cosa rara hoy — Crítica de 4 Tigers

Una superproducción con personalidad, cosa rara hoy — Crítica de 4 Tigers
Nota: 3,5/5

4 Tigers convierte la leyenda de cuatro forajidos tailandeses en una aventura fantástica de pistoleros, hechizos y lealtades cambiantes que abraza el disparate con personalidad.

Ficha técnica

  • Título internacional: 4 Tigers
  • Título original: เสือ
  • Dirección: Kongkiat Komesiri
  • Intérpretes principales: Sukollawat Kanaros, Mario Maurer, Arak Amornsupasiri, Phakhin Khamwilaisak y Mashannoad Suvalmas
  • País: Tailandia
  • Año: 2025
  • Duración: 138 minutos
  • Género: acción, aventuras, fantástico

Sinopsis

En la Tailandia de posguerra, una conspiración alrededor de oro japonés robado enfrenta y acaba reuniendo a cuatro bandidos legendarios, cada uno con habilidades sobrenaturales propias, frente a un poder militar autoritario.

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Mi opinión

De niño no preguntaba por qué Superman podía volar ni cómo conseguían los malos tantos secuaces dispuestos a morir por un sueldo miserable. Uno aceptaba las reglas del tebeo antes de abrirlo. La imaginación mandaba y la lógica procuraba no molestar. Luego crecemos, nos volvemos personas sensatas y acabamos exigiendo coherencia a una película donde un señor desvía balas con la mano. Envejecer consiste también en estropearse de esta manera.

4 Tigers me devolvió durante un buen rato a aquel pacto infantil. Aquí las balas cambian de dirección, los amuletos detienen el plomo, un puñetazo atraviesa una pared y la magia negra devuelve a ciertos muertos al trabajo. No hay un minuto de realismo. Tampoco lo necesita. La cuestión no es si semejante disparate resulta creíble, sino si está contado con suficiente imaginación para que dejemos de pedirle explicaciones.

Y durante buena parte de la película, lo está.

La historia transcurre en las llanuras centrales de Tailandia después de la Segunda Guerra Mundial. Un militar autoritario utiliza el robo de un cargamento de oro japonés para declarar la guerra a los bandidos de la región. Una actriz llamada Rosarin recluta a tres de esos forajidos para asesinarlo. El cuarto protege al tirano, al menos de momento.

No conviene internarse mucho más en el argumento. Hay conspiraciones, traiciones, alianzas provisionales, políticos, militares, oro desaparecido y muertos que no terminan de asumir su situación. La historia verdadera es mucho más sencilla: cuatro leyendas populares se encuentran, se miden y descubren que quizá tengan que dejar de competir entre ellas para enfrentarse a quien gobierna el país.

La mejor idea de Kongkiat Komesiri consiste en no tratar a los cuatro tigres como variaciones del mismo héroe. Cada uno modifica la acción de una manera distinta. Bai desvía las balas, de modo que sus tiroteos se convierten en un juego de trayectorias: importa tanto quién dispara como el lugar donde acabará el proyectil. Dam posee una fuerza descomunal y sus peleas tienen algo de demolición; no se limita a combatir dentro del decorado, lo va deshaciendo. Mahesuan confía en unos amuletos que vuelven inútiles las armas de sus enemigos y puede permitirse la arrogancia de quien observa cómo todos gastan munición en vano. Fai domina una hechicería tan destructiva que su aparición cambia las reglas del enfrentamiento.

No son poderes repartidos para distinguir a los personajes en el cartel. Determinan la forma de filmarlos. Esa es la diferencia entre una película que utiliza sus elementos fantásticos y otra que se limita a exhibirlos.

Komesiri procura que entendamos la posición de los cuerpos, el recorrido de los ataques y la relación de los combatientes con el espacio. Puede haber cables, efectos digitales y hombres volando, pero casi siempre sabemos quién golpea, desde dónde y con qué resultado. Parece elemental. No lo es. Muchas superproducciones contratan a especialistas extraordinarios para esconder después su trabajo bajo un montaje que reduce cada pelea a una sucesión de fragmentos. Aquí los planos permiten contemplar la ejecución de las coreografías y el escenario participa en ellas.

Eso se aprecia especialmente en los interiores, llenos de columnas, puertas, escaleras y pasillos. Los personajes se ocultan, chocan contra los obstáculos, cambian de altura y utilizan los muebles como armas o escudos. El decorado no está para presumir de presupuesto. Tiene una función física. En las escenas exteriores, las llanuras y los caballos proporcionan una escala de western que amplía la aventura sin convertirla en una colección de fondos digitales.

La película se presenta, con bastante justicia, como una especie de spaghetti western tailandés. Están los pistoleros convertidos en siluetas, las entradas ceremoniosas, la moral de frontera y la idea de que los delincuentes pueden resultar más fiables que el Estado. Pero a ese tronco le crecen la fantasía folclórica, el cine de superhéroes, la comedia de camaradas y el serial de aventuras.

La mezcla no siempre es armoniosa. Komesiri puede pasar del duelo solemne al chiste y del chiste a una resurrección sin preparar demasiado el terreno. Sin embargo, esa falta de prudencia también produce algunos de los mejores momentos. La película actúa como si todos esos géneros hubieran convivido siempre y no hubiera nada extraño en ver a un bandido cabalgar hacia un tiroteo para resolverlo mediante un conjuro.

La fantasía, además, posee raíz local. Los tatuajes, amuletos y hechizos no son un barniz exótico añadido a una historia intercambiable. Forman parte de la identidad de los personajes y de la tradición popular que la película recupera. Frente a tantos superhéroes internacionales fabricados para no pertenecer del todo a ningún sitio, estos cuatro bandidos parecen surgir del paisaje, las supersticiones y la memoria de su país. Esa identidad sostiene la película incluso cuando algún efecto digital se queda muy por debajo de la imagen que intenta crear.

El reparto entiende el juego. No se les exige una gran complejidad psicológica, sino presencia, ritmo y la capacidad de defender el disparate sin pedir disculpas.

Sukollawat Kanaros compone a Fai desde la inmovilidad. Mientras los demás hablan, presumen o reaccionan, él reduce el gesto y deja que el silencio haga una parte del trabajo. Esa contención resulta útil porque concede peso a un personaje que podría haber quedado reducido a sus poderes. Cuando los cuatro comparten plano, Kanaros no intenta vencer el ruido aumentando el volumen; espera. Y esa espera lo convierte con frecuencia en el centro de la escena.

Arak Amornsupasiri hace lo contrario con Bai. Su interpretación depende del movimiento, de la réplica rápida y, sobre todo, de la reacción. No se limita a pronunciar los chistes: escucha lo que hacen los demás y permite que la comicidad aparezca en la desconfianza, el fastidio o la satisfacción con que los observa. Es quien aligera las escenas de grupo sin convertirlas por completo en parodia.

Mario Maurer presta a Mahesuan la elegancia del hombre que conoce su propia leyenda. Su sonrisa posee siempre un punto de representación, como si el personaje fuera consciente de que está siendo contemplado incluso en mitad de un tiroteo. Phakin Khamwilaisak completa el grupo dando a Dam fuerza física, mal genio y una ingenuidad que evita que se convierta únicamente en el bruto de servicio.

Funcionan mejor cuando la película los enfrenta dentro del mismo encuadre. El placer no está tanto en la evolución individual de cada personaje como en el contraste entre cuatro formas de ocupar la pantalla: la quietud de Fai, la vanidad de Mahesuan, la agitación de Bai y la frontalidad de Dam. Su amistad no alcanza gran profundidad, pero la química resulta inmediata. Son hombres que insisten en que no necesitan a nadie mientras pasan la película salvándose unos a otros.

Mashannoad Suvalmas dispone de un personaje potencialmente más interesante que todos ellos. Rosarin es actriz, conspiradora e intermediaria entre la política y el espectáculo. En una de las ideas más afiladas de la película, participa en una obra de propaganda destinada a glorificar al régimen. El militar no se conforma con gobernar: también quiere controlar la representación de su gobierno.

Suvalmas introduce ambigüedad sin convertir cada aparición en un anuncio de traición. Puede parecer vulnerable, calculadora o resignada sin cambiar aparatosamente de registro. El problema no está en la actriz, sino en el espacio que acaba concediéndole el guion. Rosarin pone en marcha la conspiración y comprende mejor que nadie el funcionamiento del poder, pero pierde relevancia cuando los cuatro tigres empiezan a ocupar toda la película. La mujer que los reúne termina demasiado cerca de convertirse en enlace argumental y objeto de disputa.

Bajo la pirotecnia existe una burla bastante evidente del autoritarismo. El mariscal aprovecha una crisis para eliminar enemigos, utiliza la cultura como propaganda y negocia con una oposición cuyos principios dependen de lo que pueda obtener a cambio. Los bandidos, enemigos oficiales del orden, acaban representando una forma elemental de justicia popular.

No conviene atribuir a la película una profundidad política que no tiene. 4 Tigers no analiza el poder con bisturí. Prefiere dispararle. Pero la elección del forajido como héroe no es inocente. Las leyendas de bandidos suelen expresar la desconfianza hacia unas instituciones que protegen mejor a quienes mandan que a quienes viven bajo ellas. Aquí el Estado viste uniforme, redacta leyes y fabrica imágenes; los delincuentes conservan algún sentido de la lealtad.

El problema serio aparece cuando Komesiri se niega a renunciar a nada. Cada buena idea parece obligarle a introducir otras dos. A una traición le sigue otra, una revelación abre una nueva conspiración y ningún muerto descansa mientras el guion pueda encontrarle alguna utilidad.

Ese afán de acumulación es primero el encanto de la película y después su límite. Una aventura fantástica no necesita ser realista, pero sí debe permitir que el espectador comprenda sus reglas. En el último tramo, los poderes, las lealtades y el funcionamiento de los hechizos empiezan a volverse borrosos. Dejamos de preguntarnos cómo escaparán los personajes porque ya no sabemos con certeza qué puede dañarlos, quién desea hacerlo ni cuánto tiempo dura la muerte en este universo.

También pesan las dos horas y dieciocho minutos. No porque haya demasiada acción, sino porque la película se detiene a desenredar la trama que ella misma acaba de complicar. La misión inicial pierde fuerza entre nuevas alianzas y revelaciones sobrenaturales. A Komesiri le cuesta distinguir entre aumentar el espectáculo y hacerlo avanzar.

Una poda de veinte minutos habría beneficiado al conjunto. No lo habría vuelto más sensato, por suerte, pero sí más veloz y legible.

Aun así, prefiero una película que se excede porque tiene demasiadas ocurrencias a otra que funciona correctamente sin tener ninguna. 4 Tigers posee efectos irregulares, personajes esquemáticos y una narración que se desordena en su tramo final. También tiene humor, paisajes, estrellas, folclore y una alegría casi antigua por inventar imágenes imposibles.

No es una gran película. Es una superproducción con personalidad, cosa que hoy empieza a parecerme casi igual de rara. Uno puede cansarse, perderse en su argumento o discutir muchas de sus decisiones. Lo que no puede hacer es confundirla con otra.

Los cuatro tigres entran disputándose la leyenda y salen cabalgando juntos. Yo no llegué a creerme sus hazañas. Pero durante buena parte del viaje me habría gustado que fueran verdad.