Hay películas que se ven y películas que le pasan a uno. Esta me pasó — Crítica de Chungking Express

Chungking Express convierte dos historias de desamor en una celebración ligera, melancólica y febril de la caducidad amorosa en el Hong Kong de 1994.
Ficha técnica
- Título original: Chung Hing sam lam (
重慶森林) - Dirección: Wong Kar-wai
- Intérpretes principales: Brigitte Lin, Takeshi Kaneshiro, Tony Leung Chiu-wai y Faye Wong
- País: Hong Kong
- Año: 1994
- Duración: 102 minutos
- Género: romance
Sinopsis
Dos policías atraviesan rupturas sentimentales en el Hong Kong de 1994 mientras se cruzan con mujeres que alteran su rutina y convierten la ciudad en un laberinto de encuentros, espera y azar.
Tráiler
Mi opinión
Tengo un cadáver en casa. Es una cinta VHS de Chungking Express que murió de amor, o más exactamente de sobredosis: tantos visionados, tantos rebobinados para volver a una mirada de Faye Wong o a un borrón de neón, que un día la imagen empezó a nevar, luego a ondular, y al final el aparato escupió una maraña de cinta marrón que ya no contenía ninguna película. La tiré a la basura y la saqué de la basura. Todavía la guardo. Uno no entierra a sus muertos queridos en un contenedor.
Cuento esto porque esta película va exactamente de eso: de la caducidad. Su primer protagonista, un policía al que ha dejado la novia, compra cada día una lata de piña con fecha de vencimiento del 1 de mayo, convencido de que si ella no vuelve antes de que caduquen las treinta latas, su amor también habrá vencido. Y se pregunta, mientras devora la piña caducada, si hay algo en este mundo que no caduque. La pregunta parece de filósofo de barra de bar, y lo es, y ahí reside su grandeza: Wong Kar-wai eleva la tontería sentimental de cualquier corazón roto a la categoría de metafísica pop, sin solemnidad, con la ligereza de quien escribe en una servilleta.
La ligereza, por cierto, es literal. Wong Kar-wai estaba atascado en el montaje interminable de una superproducción de espadachines y se escapó dos meses a rodar esto, deprisa, sin apenas guion, por las escaleras mecánicas y los callejones de Hong Kong, como quien se fuga de un matrimonio pesado para vivir un romance de verano. Y ocurrió lo que ocurre a veces con las escapadas: que salió la obra más viva de su autor. Son dos historias que apenas se rozan, dos policías con el corazón en obras. El primero se cruza con una mujer de peluca rubia, gabardina y gafas oscuras, contrabandista con prisas, un icono del cine negro al que Brigitte Lin, leyenda a punto de retirarse, le pone la despedida más chula posible. El segundo, un Tony Leung que habla con las pastillas de jabón y las bayetas de su casa para no hablar de su pena, es espiado por la camarera del bar donde compra la comida: una cría con el pelo corto que pone California Dreamin’ a todo volumen para no pensar, y que en vez de declararse se cuela en el piso del policía a limpiarlo, ordenarlo y cambiarle las etiquetas a las latas. Ella no roba nada: deja. Es el allanamiento de morada más romántico de la historia del cine.
Y ahora viene la confesión gorda, la que explica mi cadáver doméstico. Yo estudié dirección de fotografía por esta película. Tal cual. Vi esos pasillos borrosos, esos rostros quietos y nítidos mientras la ciudad se derretía alrededor en manchas de color, ese truco de obturación que convierte una persecución en una acuarela, y decidí que quería entender cómo se hacía eso. Luego supe que la primera historia la fotografió Andrew Lau y la segunda Christopher Doyle, ese australiano borracho de Hong Kong, y que la mitad del hallazgo era pobreza: sin permisos de rodaje, sin luz añadida, con la cámara al hombro escondida entre la gente. Da igual. Doyle me enseñó que la fotografía de cine no consiste en iluminar bonito sino en mirar con fiebre, y esa lección me costó una matrícula y me cambió la vida. Hay películas que se ven y películas que le pasan a uno. Esta me pasó.
Sé lo que dice el canon, y el canon dice Deseando amar. La cumbre, el terciopelo, aquellos qipaos y aquellos pasillos con humo, la obra perfecta. No pienso discutirlo: es perfecta como una catedral es perfecta, y admiro las catedrales. Pero las catedrales no te despeinan. Chungking Express es lo contrario de una catedral: es un polaroid movido, una canción de tres minutos, la juventud de un cineasta y de una ciudad que sabían que el tiempo se les acababa, aunque todavía no supieran cuánto. A la perfección se la contempla. De esto otro te enamoras. Y servidor, que ha contemplado mucho, se enamoró aquí.
Faye Wong, que era estrella del pop y no actriz, hace lo que no se puede enseñar en ninguna escuela: existir en pantalla como si la cámara no estuviera, bailar con la cabeza mientras friega, ser la persona a la que todo espectador querría encontrarse ordenándole la casa. Frente a ella, Tony Leung ejecuta el trabajo invisible, que es el más difícil: convertir a un abandonado que conversa con sus bayetas en un hombre digno y no en un chiste, sostener media película sin hacer aparentemente nada, con esa sonrisa suya que siempre parece pedir perdón por algo. Seis años después el mundo entero descubriría en Deseando amar lo que aquí ya estaba entero. Y Takeshi Kaneshiro corre y corre porque alguien le dijo que corriendo el cuerpo pierde el agua y así no queda nada para las lágrimas, teoría hidráulica del desamor que llevo treinta años citando sin permiso.
Todo caduca, pregunta la película, ¿hay algo que no? Puedo aportar mi dato empírico: la cinta caducó, el reproductor caducó, el videoclub caducó, el formato entero caducó. La película, no. Treinta latas de piña me apuesto.


