Apunten el nombre de Shao Yihui. Yo ya lo he hecho — Crítica de Her Story

Apunten el nombre de Shao Yihui. Yo ya lo he hecho — Crítica de Her Story
Nota: 4/5

Her Story encuentra en la comedia urbana una forma afilada y cálida de hablar sobre maternidad, amistad, trabajo invisible y fatiga contemporánea sin renunciar al placer de las réplicas ni al pulso emocional.

Ficha técnica

  • Título original: Hao dongxi (好东西)
  • Dirección: Shao Yihui
  • Intérpretes principales: Song Jia, Zhong Chuxi, Zeng Mumei, Zhang Yu y Mark Chao
  • País: China
  • Año: 2024
  • Duración: 123 minutos
  • Género: comedia

Sinopsis

Una madre soltera en paro se instala con su hija en un viejo edificio de Shanghái y entabla amistad con su vecina, una joven cantante, mientras ambas navegan el peso del trabajo, las expectativas de género y una constelación de hombres incapaces de no retratarse solos.

Tráiler

Miniatura del vídeo de YouTube

Mi opinión

Me río muy poco en el cine. No es cinismo, es estadística. La comedia es el género más difícil que existe, el que peor envejece, el que menos perdona, y sin embargo es el que todo el mundo cree fácil. Y si a la comedia se le añade mensaje, el desastre suele estar garantizado: el discurso mata el chiste con la misma eficacia con que un sermón vacía un bar. Así que una comedia china de dos horas sobre la condición femenina, el patriarcado y la crianza en solitario reunía todos los ingredientes para mi butaca convertida en témpano. Pues me he reído. Varias veces en voz alta, que en mi caso es acontecimiento reseñable.

La responsable se llama Shao Yihui, tiene poco más de treinta años, escribe y dirige, y esta es solo su segunda película. En China ha sido un fenómeno descomunal, de taquilla y de conversación, algo así como si una comedia de barrio se convirtiera en asunto de Estado. Y entiendo el revuelo. Cuenta la vida de una periodista en paro reconvertida en editora de un digital que mezcla clickbait con dignidad, madre soltera de una cría de nueve años, que se muda a un edificio viejo de Shanghái y traba amistad con la vecina, una cantante joven que exhibe alegría de escaparate sobre una tristeza de fondo de armario. Alrededor de las dos mujeres y de la niña orbitan varios hombres, y aquí está una de las gracias del invento: el ex marido que se ha leído toda la teoría feminista y la recita como quien reza, convencido de que deconstruirse en voz alta le devolverá a la cama de su ex, es uno de los personajes cómicos más afilados que he visto en mucho tiempo. La directora no fusila a sus hombres: los deja hablar hasta que se retratan solos. Hay más crueldad y más verdad en esa piedad burlona que en cien panfletos.

El estilo es de comedia urbana conversacional, gente que habla mucho y bien en pisos, bares y aceras, un tipo de película que el cine americano fabricaba con Woody Allen y que casi ha desaparecido del mapa. Alguno ha comparado a Shao Yihui con Claude Sautet por esa mirada que entiende a todos sus personajes sin absolver a ninguno, y no es mal parentesco. Y conviene fijarse en cómo filma, porque su modestia es engañosa. Shao Yihui planifica las conversaciones con la cámara relajada, dejando que los personajes compartan encuadre y se pisen las réplicas en vez de trocearlo todo en plano y contraplano, que es la pereza habitual del que filma diálogos sin creer en ellos. Y retrata un Shanghái de calles arboladas, cocinas pequeñas y luz cálida, una ciudad amable y un punto idealizada, pero habitada de verdad: el decorado perfecto para una comedia que quiere querer a sus criaturas. Ahora bien, la secuencia por la que esta película se recordará no tiene diálogo. La vecina le pone a la niña unos sonidos grabados y le pide que adivine qué son. La cría imagina tormentas, océanos, bosques. Y el montaje nos revela que son los ruidos de su madre haciendo las tareas de la casa: la sartén, la lavadora, la escoba, el agua. Todo el discurso de la película sobre el trabajo invisible de las mujeres, que en otros tramos se enuncia con demasiadas palabras, está ahí condensado en dos minutos de puro cine, emocionante y sin subrayado. Ese momento vale la película entera.

Song Jia lleva el peso con una naturalidad que esconde muchísima técnica: hace de la fatiga un registro cómico, que es dificilísimo. Zhong Chuxi encuentra el punto justo entre lo luminoso y lo averiado. Y la niña, Zeng Mumei, pertenece a esa especie rarísima de críos de película que no dan ganas de estrangular: es sarcástica, seria y verosímil, y suelta la frase más demoledora del guion, que no reproduzco por no gastarla.

Ahora, las dos horas y tres minutos. Ay. La película habría ganado recortando esa media hora final donde las situaciones empiezan a repetirse, y hay pasajes en los que los personajes dejan de hablar como personas para hablar como columnas de opinión, ilustrando la tesis en vez de viviendo. Shao Yihui no necesita esas muletas: cuando confía en la comedia, el mensaje llega solo y más lejos. Es el pecado típico de quien tiene mucho que decir y todavía no se fía del todo de su propio talento para decirlo sin megáfono.

Que una comedia feminista china me haya tenido sonriendo dos horas es noticia en mi hemeroteca personal. Le sobra media hora y le sobra algún sermón. Pero salí del cine de buen humor, cosa que no me ocurría desde hacía demasiado tiempo. Apunten el nombre de Shao Yihui. Yo ya lo he hecho.