Antes cerdo que fascista — Crítica de Porco Rosso

Porco Rosso demuestra hasta qué punto Hayao Miyazaki puede mezclar aventura, melancolía y rechazo del fascismo sin perder ligereza ni sentido del espectáculo.
Ficha técnica
- Título original: Kurenai no Buta (
紅の豚) - Dirección: Hayao Miyazaki
- Producción: Toshio Suzuki
- Música: Joe Hisaishi
- País: Japón
- Año: 1992
- Género: animacion, aventura
Sinopsis
En el Adriático de entreguerras, un antiguo as italiano convertido en cerdo sobrevive como cazarrecompensas frente a piratas del aire, viejos fantasmas y el avance del fascismo.
Tráiler
Mi opinión
“Antes cerdo que fascista”. La frase la suelta, con voz de whisky y hastío, un aviador con careto de gorrino, gabardina y gafas de sol, mientras rechaza por teléfono la invitación de un viejo camarada para reincorporarse a la aviación militar de la Italia de Mussolini. Hay guiones enteros que no valen lo que esa línea. La han escrito para un cerdo de dibujos animados y la firmaría Bogart, y en esas dos verdades incompatibles cabe todo el misterio de esta película, a la que vuelvo cada pocos años como se vuelve a un bar querido, y de la que salgo siempre igual: con ganas de brindar.
Aclaro mi posición, que arrastra prejuicios de viejo. A los dibujos animados, que es como los he llamado toda mi vida y como pienso seguir llamándolos, les he tenido siempre un cariño condicionado: cosa de la infancia, mercancía para llevar a los sobrinos. La excepción que me desmonta el prejuicio se llama Hayao Miyazaki, y dentro de su catálogo de maravillas mi debilidad absoluta es esta, precisamente la menos infantil de todas, la que el propio Miyazaki confesó haber hecho para hombres maduros y cansados. O sea, para mí. El proyecto nació como un corto de entretenimiento que le encargó una línea aérea japonesa para proyectar en sus vuelos, y al hombre se le fue creciendo entre las manos hasta convertirse en su película más personal. Hay encargos alimenticios que acaban en obra maestra. Casi nunca, pero pasa.
Lo que cuenta es esto. Adriático, años treinta, entreguerras. Un as de la aviación italiana de la Gran Guerra, convertido en cerdo por una maldición que nadie explica, se gana la vida como cazarrecompensas persiguiendo a piratas del aire, una pandilla de bandidos tan fanfarrones como inofensivos. Tiene un refugio en una cala secreta, deudas, un hidroavión rojo y una mujer que le espera sin esperarle: Gina, dueña del hotel Adriano, viuda de tres aviadores, que canta en francés para una clientela de pilotos que la aman sin remedio. Cuando un mercenario americano, guaperas y bocazas, le derriba el avión, el cerdo viaja a Milán a reconstruirlo, y allí el taller familiar le asigna como ingeniera a Fio, una cría de diecisiete años que resulta ser la persona más sensata de toda la función.
Y aquí viene lo que me derrite: esta película de dibujos es el mejor cine clásico americano que se ha hecho fuera de América. El hotel de Gina es el café de Casablanca con terraza al Adriático. Porco es un Bogart con hocico, cínico por fuera y sentimental hasta la médula, o un Jean Gabin de gabardina, que era el actor que Miyazaki tenía en la cabeza. Los duelos aéreos vienen de Hawks y de aquellos aviadores que solo tenían ángeles por testigos. Y en medio de la aventura, del humor y de los piratas con nombre de tebeo, Miyazaki se saca de la manga la secuencia más sublime que ha dado la animación: el recuerdo de Porco sobrevolando una nube blanca donde ascienden, en silencio, los aviones de todos los pilotos muertos de todas las guerras, una vía láctea de máquinas y de muchachos que no envejecerán. Ahí entiendes la maldición sin que nadie la explique: este hombre se puso cara de cerdo el día que sobrevivió a sus amigos.
Todo está dibujado a mano con una sensualidad que ningún ordenador ha igualado: el agua del Adriático, los motores que parecen respirar, el vestido de Gina, la espuma de los amerizajes. Hay materia aquí para tres películas y Miyazaki la despacha en hora y media, con un clímax que empieza como duelo de honor y termina como pelea de taberna, porque este señor sabe que la épica sin guasa es propaganda. Y está la política, claro, dicha sin sermones: los fascistas rondan por los márgenes, grises y siniestros, mientras el taller que reconstruye el avión rojo lo sacan adelante las mujeres del pueblo, abuelas incluidas, porque los hombres han emigrado. La dignidad, viene a decir la película, es cosa de cerdos, de señoras y de crías de diecisiete años.
Se estrenó en 1992 y no ha envejecido un fotograma, entre otras cosas porque su asunto no caduca: siempre hay un teléfono sonando con la invitación de turno para alistarse en la infamia. La grandeza del cerdo Porco es la respuesta, y por eso no necesito que la maldición se rompa, ni saber si Gina gana su apuesta. Que le quiten el hechizo los que quieran finales. A mí que me dejen en el hotel Adriano, con la canción de Gina sonando y un vaso lleno, viendo pasar el hidroavión rojo. Es mi rincón favorito de todo el cine de animación. Y de casi todo el cine.


