Y yo no puedo apartar la mirada de ellos — Crítica de Suk Suk

Y yo no puedo apartar la mirada de ellos — Crítica de Suk Suk
Nota: 4,5/5

Suk Suk observa con delicadeza el deseo, la lealtad y el peso de toda una vida en dos hombres mayores que se descubren demasiado tarde en Hong Kong.

Ficha técnica

  • Título original: Suk Suk (叔・叔)
  • Dirección: Ray Yeung
  • Intérpretes principales: Tai Bo, Ben Yuen, Patra Au y Lo Chun-yip
  • País: Hong Kong
  • Año: 2020
  • Duración: 92 minutos
  • Género: drama

Sinopsis

Dos hombres mayores, atados a sus familias y a décadas de silencio, inician en Hong Kong una relación clandestina que les obliga a imaginar una vida distinta cuando ya parecía demasiado tarde.

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Mi opinión

Existe una convención tan extendida como idiota según la cual las personas mayores ya no desean, no se enamoran, no fantasean con otra existencia, no sienten la necesidad de acariciar ni de ser acariciadas. Se supone que a determinada edad solo deben preocuparte la salud, los nietos, las pastillas, la jubilación y que nadie te moleste demasiado. Y el cine, que lleva toda la vida comerciando con el amor, tampoco parece excesivamente interesado en imaginarlo cuando los cuerpos han envejecido. Hay infinitas historias sobre jovencitos que descubren por primera vez la pasión. Muchas menos sobre personas que la encuentran cuando ya han pasado casi toda su vida sin poder vivirla.

Confieso también cierto temor ante el argumento de Suk Suk. Dos ancianos homosexuales, casados o cargados de obligaciones familiares, se conocen en Hong Kong e inician una relación clandestina. Podía tratarse de una de esas películas que anuncian desde el primer plano su exquisita sensibilidad, que convierten cada silencio en una eternidad y pretenden que el espectador se emocione por anticipado ante la respetabilidad del tema. No ocurre. Ray Yeung no necesita subrayar casi nada. Y el milagro es que lo que cuenta, sin aspavientos, resulte tan íntimo, doloroso y verdadero.

Pak tiene 70 años, conduce un taxi y no quiere jubilarse. Ha trabajado toda su vida para formar una familia, vive con su esposa, quiere a sus hijos y disfruta de sus nietos. También busca encuentros sexuales con hombres en lavabos públicos. Hoi tiene 65, está retirado, se ha divorciado y comparte piso con su hijo, la esposa de este y una nieta a la que adora. Se encuentran en un parque. Ninguno posee aspecto de héroe romántico ni se comporta como tal. Son dos señores aparentemente corrientes, de esos con los que puedes cruzarte en un mercado o sentarte al lado en el autobús sin imaginar el secreto, el deseo y la resignación que llevan dentro.

Y comienzan a verse. Intercambian mensajes, comen juntos, acuden a una sauna frecuentada por hombres mayores, se rozan con la cautela de quienes no saben cuánto tiempo les queda ni cuánto riesgo pueden permitirse. Ray Yeung rueda sus cuerpos sin morbo, pero tampoco con ese pudor falsamente respetuoso que habría convertido el deseo en algo exclusivamente espiritual. Estos hombres quieren hablar, acompañarse y sentirse comprendidos. Y también quieren tocarse. Resulta insólito que algo tan elemental siga pareciendo revolucionario cuando quienes aparecen desnudos en la pantalla han cumplido muchos más de 20 años.

Tai Bo interpreta a Pak con una contención admirable. Su rostro parece haber aprendido durante décadas a no revelar casi nada. Está acostumbrado a cumplir, trabajar, conducir, comer con la familia, asentir, continuar. Pero cuando está con Hoi se modifica algo en su mirada, aparece una ligereza casi adolescente, una felicidad que le sienta tan bien como mal, porque el espectador intuye que no va a ser fácil conservarla. Tai Bo no necesita discursos ni grandes escenas. Posee presencia. Y sabes lo que ocurre en la cabeza de Pak aunque este hombre haya pasado la vida entrenándose para ocultarlo.

Ben Yuen dota a Hoi de mayor fragilidad. Es más afectuoso, más consciente de lo que ambos están perdiendo, tal vez más dispuesto a creer que todavía podrían construir algo juntos. Y entre los dos actores existe una química delicada, sin trucos. No parecen intérpretes empeñados en demostrar su valentía aceptando personajes homosexuales y ancianos. Parecen dos hombres que se han encontrado demasiado tarde y que, precisamente por eso, sienten que cada instante puede ser decisivo.

La película podría haber convertido a sus familias en enemigos fáciles. Habría resultado cómodo presentar a las esposas, los hijos, la religión y las tradiciones como una colección de monstruos que impiden a los protagonistas ser ellos mismos. Pero la vida acostumbra a ser más complicada. Pak quiere a su esposa. Esa mujer ha compartido con él décadas de trabajo, precariedad, costumbres y cuidados. Tal vez no haya existido entre ellos la pasión que imaginaban las canciones románticas, pero tampoco se puede decir que toda su vida en común haya sido una mentira. Tiene algo de cárcel y también de refugio. Y abandonar ese hogar no significaría simplemente conquistar la libertad. Implicaría destruir a alguien que no conoce las reglas reales de la historia en la que lleva tantos años participando.

Está especialmente bien Patra Au como la esposa de Pak. Observa, sospecha, calla. Su personaje podría aparecer únicamente como la pobre engañada, pero posee vida propia, dignidad y dolor. Ray Yeung no reparte certificados de inocencia y culpabilidad. Entiende que Pak ha tenido que esconderse, pero también que su silencio ha afectado a quienes le rodean. Y comprende que algunos seres humanos pueden sentirse atrapados en una existencia que ellos mismos han construido con esfuerzo y de la que, sin embargo, no desean desprenderse por completo.

También aparece un grupo de homosexuales mayores que reclama una residencia en la que puedan envejecer sin tener que volver a esconderse. La idea resulta desoladora. Han pasado gran parte de su vida aparentando algo y temen que, al perder la autonomía, alguna institución vuelva a obligarles a borrar lo que son. Hoi participa en ese mundo. Pak mantiene más distancia. Uno imagina la posibilidad de vivir con mayor transparencia. El otro lleva demasiado tiempo creyendo que la supervivencia consiste precisamente en que nadie sepa nada. La película se inspiró en testimonios de hombres homosexuales mayores de Hong Kong y se niega a juzgar retrospectivamente las decisiones que tomaron para sobrevivir.

Me gusta mucho cómo está fotografiada la ciudad. No el Hong Kong espectacular de los rascacielos iluminados, las persecuciones y los tiroteos, sino el de los taxis, los mercados, las cafeterías, los pisos pequeños, los parques, los paseos junto al agua. Los personajes encuentran espacios provisionales en una ciudad abarrotada. Lugares en los que pueden ser ellos mismos durante un rato, aunque después tengan que regresar a sus casas y recuperar el papel que han interpretado durante décadas.

Y no hay soluciones milagrosas. El amor no siempre salva, ni llega a tiempo, ni posee fuerza suficiente para borrar una vida anterior. A veces solo ofrece unos meses, unas conversaciones, unas manos que se juntan furtivamente dentro de un coche, la constatación tan gozosa como cruel de que otra existencia habría sido posible. Pero haberla vislumbrado también puede ser suficiente para que ya nada vuelva a sentirse exactamente igual.

Suk Suk habla de homosexuales ancianos en Hong Kong, una realidad muy concreta y pocas veces mostrada. Pero también habla del miedo a causar daño, de la dificultad de distinguir entre la lealtad y la resignación, de las vidas que construimos para sobrevivir y de los deseos que permanecen agazapados, esperando una oportunidad que quizá llegue cuando ya parece demasiado tarde.

No hay sentimentalismo tramposo, discursos ejemplarizantes ni personajes diseñados para pedir el aplauso del espectador. Hay dos hombres que se miran y descubren algo que creían que ya no les pertenecía. Y yo no puedo apartar la mirada de ellos.