Que los golpes duelan al otro lado de la pantalla — Crítica de The Raid

Que los golpes duelan al otro lado de la pantalla — Crítica de The Raid
Nota: 3,5/5

The Raid es una película de acción indonesia dirigida por Gareth Evans que se ha convertido, con bastante justicia, en un título de culto del cine de artes marciales asiático.

Sinopsis

Un equipo de las fuerzas especiales queda atrapado en un edificio controlado por un peligroso señor del crimen. Para sobrevivir, sus integrantes deberán abrirse paso piso a piso entre una multitud de delincuentes dispuestos a impedir que salgan con vida.

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Mi opinión

El cine de acción parece un género sencillo. Unos cuantos tipos violentos, armas, persecuciones, mamporros, héroes capaces de sobrevivir a lo que mataría varias veces a cualquier persona normal y villanos que nunca comprenden que sería mucho más práctico pegarle un tiro al protagonista en lugar de explicarle largamente sus planes. Pero hacer una buena película de acción, una que mantenga la tensión y consiga que los golpes duelan al otro lado de la pantalla, debe de ser bastante complicado.

Hay infinidad de producciones que acumulan explosiones, cadáveres, especialistas y presupuestos gigantescos sin provocar la menor emoción. Mucho ruido, mucha pirotecnia, centenares de cortes de montaje y ninguna huella. No sabes quién está golpeando a quién, dónde se encuentran los personajes ni por qué deberías preocuparte por alguno de ellos. La acción se convierte en una papilla visual que pretende ocultar que no está ocurriendo nada interesante.

The Raid no necesita casi nada de eso. Le basta con un edificio destartalado, un grupo de policías atrapados, una colección de criminales con ganas de cargárselos y una cámara que sabe perfectamente dónde debe colocarse para que entendamos lo que está ocurriendo.

Su argumento podría escribirse en una servilleta y todavía sobraría espacio. Un equipo de las fuerzas especiales entra en un bloque de viviendas controlado por un señor del crimen. La operación sale mal y los supervivientes tendrán que avanzar piso a piso si quieren salir vivos. No hay mucho más. Y durante buena parte de la película tampoco lo necesita.

Gareth Evans entiende que el edificio no es solamente el escenario de la historia. Es una trampa, una fortaleza y un laberinto vertical en el que cada pasillo, cada puerta y cada habitación pueden esconder una emboscada. Los policías no solo están rodeados de delincuentes. También están encerrados en un lugar que parece diseñado para impedir su huida.

Durante los primeros minutos, Evans construye con paciencia esa sensación de encierro. El equipo entra confiado, organizado y armado hasta los dientes. Parece disponer de todos los elementos necesarios para controlar la situación. Pero sabemos que algo terrible va a ocurrir. Solo desconocemos cuándo comenzará y desde dónde llegará.

Y cuando finalmente estalla la violencia, The Raid deja de conceder demasiado tiempo para respirar.

Aquí los golpes no parecen coreografías elegantes ejecutadas para que el espectador admire la belleza de los movimientos. Parecen golpes. Hacen ruido, rompen huesos, lanzan cuerpos contra las paredes y transmiten una sensación de peligro muy física. Los combatientes utilizan los puños, los codos, las rodillas, los cuchillos y cualquier objeto que encuentren a su alrededor. No da la impresión de que estén bailando. Da la impresión de que están intentando sobrevivir.

El pencak silat, el arte marcial indonesio que practica Iko Uwais, posee una velocidad y una brutalidad extraordinarias. Los movimientos son rápidos, secos y agresivos. No hay demasiado espacio para la contemplación ni para la pose. Cada golpe parece destinado a incapacitar al adversario cuanto antes, aunque los personajes de esta película demuestren una capacidad casi sobrenatural para continuar peleando después de recibir heridas que enviarían directamente al hospital, o al cementerio, a cualquier ser humano razonable.

Y Gareth Evans sabe rodarlo, algo que debería ser elemental en el cine de acción, pero que no siempre ocurre. La cámara se mueve sin convertir las peleas en un caos incomprensible y los planos duran lo suficiente para apreciar la habilidad de los intérpretes. Vemos quién golpea, quién recibe, dónde están situados los personajes y por qué un enfrentamiento cambia repentinamente de dirección. Evans no necesita esconder a sus actores mediante centenares de cortes porque estos saben hacer realmente aquello que estamos viendo.

Iko Uwais interpreta a Rama, el policía joven, honorable y casi silencioso que se convierte en nuestro guía por ese infierno de cemento. Su personaje no posee demasiada profundidad psicológica. Sabemos que tiene una esposa embarazada, que desea volver con ella y que parece conservar cierta integridad dentro de una operación bastante turbia. Tampoco necesitamos un largo tratado sobre sus traumas infantiles.

Uwais transmite nobleza, resistencia y una vulnerabilidad suficiente para que Rama no parezca únicamente una máquina de repartir golpes. Está muy bien físicamente, algo imprescindible en una película como esta, y posee una presencia que permite seguirle incluso cuando el guion no le ofrece demasiadas posibilidades dramáticas.

Pero el personaje más memorable es probablemente Mad Dog, interpretado por Yayan Ruhian. Es un tipo pequeño, fibroso y aterrador que podría acabar rápidamente con sus enemigos utilizando una pistola, pero prefiere hacerlo con las manos. Para él, apretar un gatillo elimina el placer del combate.

No parece necesitar más motivación. Es un depredador que disfruta comprobando cuánto dolor puede soportar su cuerpo y cuánto puede provocar en los demás. Yayan Ruhian posee un físico extraño y una mirada que no necesita demasiadas explicaciones. Desde que aparece, sabemos que enfrentarse a él es una idea pésima.

La larguísima pelea final en la que participa es agotadora, salvaje y magníficamente ejecutada. Los cuerpos se golpean contra las paredes, atraviesan muebles, reciben patadas, rodillazos y cuchilladas. Uno termina cansado solo de observarla. También llega un momento en el que resulta difícil creer que cualquiera de sus participantes pueda continuar en pie. Pero el realismo absoluto nunca ha sido la principal preocupación del cine de artes marciales.

También existen traiciones, policías corruptos, relaciones familiares inesperadas y algún intento de conceder densidad dramática a la historia. Pero no creo que nadie recuerde The Raid por la complejidad de su guion. Los personajes son funcionales, los diálogos cumplen su cometido y la trama avanza principalmente para conducirnos hasta el siguiente enfrentamiento.

Y ahí aparece el principal límite de la película.

La acción está rodada con una claridad y una energía admirables, pero su acumulación termina provocando cierto agotamiento. Cuando llevas más de una hora viendo cómo golpean, apuñalan, disparan y lanzan personas por las escaleras, la capacidad de sorpresa comienza inevitablemente a disminuir. Una pelea espectacular conduce a otra pelea todavía más espectacular y después a una tercera que intenta superar a las anteriores.

La intensidad, cuando se mantiene siempre al máximo, también puede convertirse en monotonía.

Echo en falta que los momentos de descanso aporten algo más a los personajes o que la historia posea un poco más de sustancia. No necesito que The Raid se transforme en un drama psicológico ni que sus protagonistas se sienten a hablar largamente sobre sus sentimientos. Eso probablemente arruinaría la película. Pero sí habría agradecido algo más de variedad emocional, alguna razón adicional para recordar a esos policías más allá de su capacidad para recibir y repartir golpes.

Su sencillez es una virtud porque elimina todo lo innecesario, pero también es una limitación. El edificio funciona de maravilla como escenario cerrado, la puesta en escena es formidable y las coreografías poseen una contundencia difícil de igualar. Sin embargo, cuando termina la película, recuerdo mucho mejor las peleas que a las personas que participaban en ellas.

The Raid sabe exactamente qué quiere ser y lo ejecuta con una convicción admirable. No pretende convertir su sencillez en trascendencia ni disfrazar de complejidad lo que fundamentalmente es una historia de supervivencia. Quiere provocar tensión, asombro y dolor físico mediante el movimiento de los cuerpos. Y durante buena parte de su metraje lo consigue.

No creo que sea una obra maestra del cine de acción, aunque entiendo perfectamente que para muchos espectadores haya alcanzado esa categoría. Su admirable contundencia no termina de compensar unos personajes demasiado funcionales y una intensidad que, mantenida siempre al máximo, acaba perdiendo parte de su efecto.

Aun así, The Raid es una película de acción notable, seca, claustrofóbica y rodada con una claridad que muchas producciones muchísimo más caras deberían estudiar. Sus mejores peleas son brutales y memorables. No me apasiona todo lo que ocurre dentro de ese edificio, pero cuando Gareth Evans pone a sus personajes a repartir golpes, pocos directores consiguen que el impacto llegue con tanta claridad al otro lado de la pantalla.