El cine negro sin sensación de peligro es un guante precioso sin mano dentro — Crítica de Decision to Leave

El cine negro sin sensación de peligro es un guante precioso sin mano dentro — Crítica de Decision to Leave
Nota: 4/5

Decision to Leave convierte una investigación policial en un juego de deseo, vigilancia y niebla emocional donde la obsesión erosiona todo lo que toca.

Ficha técnica

  • Título original: Heojil kyolshim (헤어질 결심)
  • Título internacional: Decision to Leave
  • Dirección: Park Chan-wook
  • Intérpretes principales: Tang Wei, Park Hae-il, Lee Jung-hyun y Go Kyung-pyo
  • País: Corea del Sur
  • Año: 2022
  • Duración: 138 minutos
  • Género: thriller

Sinopsis

La muerte de un montañero arrastra a un detective insomne hasta la órbita de la viuda, una mujer enigmática cuya mezcla de distancia, vulnerabilidad y opacidad convierte la investigación en una obsesión amorosa cada vez más peligrosa.

Tráiler

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Mi opinión

A Park Chan-wook le tengo tomada la matrícula desde hace tiempo. Es el hombre del martillo de Oldboy, el que convirtió el desquite en género nacional y en mercancía de exportación con denominación de origen. De su cine se espera siempre lo mismo: la vuelta de tuerca imposible, la perversión elegante, el momento en que el espectador descubre que llevaba una hora mirando en la dirección equivocada. Y con esa mochila me siento ante Decision to Leave, que además llega precedida del habitual mogollón de premios, Cannes incluido, y de críticas en estado de levitación. Ya saben ustedes lo que suelen hacerme a mí las levitaciones ajenas.

Pues la gran sorpresa de esta película es que no hay sorpresa. El maestro de los trucos ha decidido no hacer ninguno. Aquí no hay martillos, ni pulpos vivos, ni incestos, ni esa sangre que chorreaba por sus fotogramas con vocación de ópera. Hay un policía y una sospechosa. Y la historia más vieja del cine negro, la que ya contaban Laura, de Otto Preminger, y el Hitchcock de Vértigo: el detective que investiga a una mujer y acaba investigándose a sí mismo, perdido sin remedio en el caso y en la cara del caso.

El policía padece insomnio crónico, un matrimonio a distancia que funciona por inercia y esa integridad profesional de los que ya solo se sostienen por el trabajo. Un día, un montañero aparece despeñado desde su pico favorito. Y la viuda resulta ser una inmigrante china de expresión indescifrable, que habla un coreano insuficiente y se ayuda del traductor del móvil, detalle magnífico: hasta las declaraciones de amor pasan aquí por una máquina que las dice con voz de contestador. El detective la interroga, la vigila, la sigue por las calles, le monta guardias nocturnas frente a su casa. Lo llama trabajo. Nosotros, que estamos al otro lado, lo llamamos por su nombre desde el primer minuto.

Y reconozco que Park Chan-wook, desactivada la pirotecnia, sigue siendo un cineasta descaradamente superior. La cámara se mete donde a nadie se le había ocurrido meterla: en el ojo abierto de un muerto, dentro de la pantalla de un teléfono, en la imaginación del policía, que se instala mentalmente en el salón de la sospechosa mientras la espía con los prismáticos desde el coche. Todo el asunto va de mirar y ser mirado, y pocas veces la forma de una película ha obedecido tan al milímetro a su tema. Encima tiene humor, cosa que nadie me había advertido: hay detalles de comedia seca, casi administrativa, que funcionan estupendamente, empezando por ese interrogatorio con bandeja de sushi del caro, porque este policía tan educado agasaja a sus sospechosas antes de intentar hundirlas.

Y está Tang Wei. Confieso mi debilidad por las actrices que administran el misterio sin subrayarlo, y esta mujer es una lección continua: cada gesto suyo admite dos lecturas, la inocente y la otra, y las sostiene ambas durante dos horas sin que se le vea la costura. No hace de femme fatale, que sería lo fácil. Hace algo mucho más inquietante: una mujer de la que ni el policía ni el espectador logran saber si miente, ni cuándo, ni cuánto. Es imposible despegar la vista de ella, que es exactamente de lo que trata la película. A su lado, Park Hae-il compone la dignidad del hombre que se derrumba por dentro manteniendo la corbata recta. Los dos están espléndidos.

Mis reparos llegan con el reloj. Dos horas y dieciocho minutos, y la estructura decide reiniciarse a mitad de camino, con mudanza a una ciudad con niebla, segundo marido y segundo caso incluidos. Entiendo la simetría, que es deliberada y hasta hermosa, pero el mecanismo se nota, la tensión afloja y hay un tramo en que el ingenio visual, tan deslumbrante al principio, empieza a parecerme gimnasia: virtuosismo consciente de sí mismo, planos que aplauden su propia ocurrencia. Es un defecto de rico, de acuerdo. Pero fatiga. Y la ausencia de aristas, que celebro como gesto de madurez, tiene su precio: nunca me sentí en peligro viendo esta película, y el cine negro sin sensación de peligro es un guante precioso sin mano dentro.

Salgo de Decision to Leave con admiración de la seria, de la que se otorga a los orfebres. Es la película de un hombre que ya no necesita escandalizar a nadie y que ha filmado un amor casto con más turbiedad que muchas escenas de cama. Pero admirar no es arder. El policía acaba buscando como un loco por una playa lo que se le ha escapado. A mí me ocurre algo parecido con la película: sé que hay algo enterrado ahí, muy valioso, y no consigo que suba la marea.