La gravedad era el mejor guionista del cine de artes marciales y la han despedido — Crítica de Dragon Tiger Gate

Dragon Tiger Gate convierte un folletín de hermanos enfrentados y mafiosos de cómic en un espectáculo marcial vistoso y liviano, con coreografías imaginativas pero demasiado despegadas del suelo.
Ficha técnica
- Título original: Lung Fu Mun (
龍虎門) - Dirección: Wilson Yip
- Coreografía de acción: Donnie Yen
- Intérpretes principales: Donnie Yen, Nicholas Tse y Shawn Yue
- País: Hong Kong
- Año: 2006
- Origen: adaptación del cómic Lung Fu Mun de Tony Wong
- Género: acción, artes marciales, fantasía
Sinopsis
Dos hermanos separados en la infancia, uno formado en la escuela Dragon Tiger Gate y otro criado por una organización criminal, se reencuentran en bandos opuestos cuando una reliquia codiciada y un enemigo común los arrastran a una guerra de lealtades, deudas familiares y puñetazos imposibles.
Tráiler
Mi opinión
Un chaval con nunchakus y un tupé desafiante reparte estopa a una cuadrilla de mafiosos en un restaurante de lujo, los cuerpos vuelan por encima de las mesas desafiando todas las leyes que enunció Newton, y ni un solo pelo de su peinado se mueve del sitio. Así se presenta Dragon Tiger Gate, y hay que reconocerle la honradez: en cinco minutos te ha enseñado todo lo que es y todo lo que no va a ser. Esto es un tebeo en movimiento, me dije. Y acerté de pleno, porque luego supe que la cosa adapta Lung Fu Mun, un cómic del veterano Tony Wong que lleva publicándose en Hong Kong desde 1970 y que allí es institución nacional. La película no disimula su origen ni un fotograma: héroes con flequillos imposibles, villano con máscara de opereta, escenarios que parecen viñetas hinchadas. Se agradece que nadie pretenda vendernos gato realista por liebre dibujada.
El argumento es puro folletín. Dos hermanos separados en la infancia, uno criado en la escuela de artes marciales que da título al invento, templo del honor y de los mamporros pedagógicos, y el otro recogido por una banda criminal a la que sirve de guardaespaldas con remordimientos. El destino, que en estas películas trabaja horas extra, los reencuentra en bandos opuestos, les añade un tercer socio, el del tupé y los nunchakus, y les planta enfrente a un supervillano que quiere no sé qué de un no sé cuál llamado la Placa Lousha. Confieso que a mitad de proyección ya me daba todo igual: quién traicionaba a quién, qué juramento pesaba sobre qué familia. El melodrama fraternal está despachado a trazo grueso de rotulador y las lágrimas vienen subrayadas por una música que no se fía de que lloremos solos.
Pero uno no entra a esta película por el guion, igual que no compra un cómic de puñetazos por los diálogos. Entra por las peleas, que las firma como coreógrafo el propio Donnie Yen. Y ahí hay momentos de auténtico virtuosismo, combates diseñados con imaginación de dibujante, cada uno con su escenario, su arma y su gracia propia. El problema es la digitalización, esa plaga. Yo me eduqué con Bruce Lee, y cuando aquel hombre soltaba una patada, la patada pesaba, dolía, te llegaba el crujido a la butaca. Aquí los cuerpos flotan, rebotan y planean como salvapantallas, y el ordenador le roba a cada golpe la mitad de su verdad. Es la paradoja de este cine: cuanto más pueden hacer los efectos, menos me creo lo que veo. La gravedad era el mejor guionista del cine de artes marciales y la han despedido.
Donnie Yen, que por entonces ya era el artista marcial más solvente de su generación y que dos años después se consagraría a lo grande con Ip Man a las órdenes de este mismo Wilson Yip, es el único que transmite peligro real cuando reparte. Y del director hay que decir que sabe hacerlo mejor: en la estupenda SPL, rodada un año antes también con Yen, demostró que domina la violencia con peso y la mala sombra urbana. Aquí, entre combate y combate, elige el brillo: neones, decorados relucientes y una cámara de anuncio de colonia que embellece hasta las cicatrices. Es oficio, no hay plano descuidado, pero es el oficio del escaparatista. A su lado, Nicholas Tse y Shawn Yue son ídolos juveniles de fotogenia incontestable y pegada de anuncio de champú: guapos, voluntariosos y ligeros como sus flequillos. La chica de la película sonríe, sirve té y desaparece, en un papel que ya era antiguo cuando el cómic empezó a publicarse.
En el haber de la casa: hora y media justa, ni un minuto de grasa, cosa que en esta época de hinchazón universal casi me conmueve. Y una ausencia total de pretensiones que descansa mucho: nadie aquí filosofa, nadie aspira al festival de Cannes, todos han venido a pegarse con estilo. Salí del visionado como se sale de una máquina recreativa: aturdido, moderadamente entretenido y sin una sola moneda de recuerdo en el bolsillo. Hay tardes en que no se puede pedir más. Tampoco menos.


