Voy a ser injusto con esta película, y lo voy a ser a sabiendas — Crítica de Drunken Blade

Si algo parece que duele de verdad en pantalla, probablemente sea porque duele de verdad.
Ficha técnica
- Título internacional: The Killer of Swordsmen
- Título usado en el sitio: Drunken Blade
- Título original:
醉刀客 - Dirección: Li Bingyuan
- Intérprete principal: Li Bingyuan
- País: China
- Año: 2024
- Duración: 90 minutos
- Género: wuxia, acción
Sinopsis
En Drunken Blade, Han Yueren, conocido como el espadachín borracho, atraviesa el desierto hasta llegar a una ciudad dominada por un grupo de bandidos. Allí decide ayudar a sus habitantes y enfrentarse a los criminales.
Tráiler
Mi opinión
Aviso antes de empezar: voy a ser injusto con esta película, y lo voy a ser a sabiendas. La vi en el momento exacto en que llevaba meses queriendo verla, con las ganas ya acumuladas como quien guarda una botella para una ocasión, y eso adultera cualquier veredicto por mucho que uno presuma de objetividad. De modo que sepan que le estoy echando miel a mi debilidad predilecta antes de servirla. Aclarado el tramposo, sigo.
Llevo tiempo con la mosca detrás de la oreja con Li Bingyuan, que hace lo que ya casi nadie se atreve a hacer: dirigirse y protagonizarse a sí mismo en películas de acción, con el riesgo doble que eso implica, porque si el ego del actor le gana la partida al ojo del director, el resultado es un despropósito de vanidad. No es su caso. No diré que sea hoy el mejor director de acción en activo, porque esa corona tiene otros pretendientes con más oficio. Pero sí diré, sin que me tiemble la mano, que es el más director de acción de todos ellos, el que más se juega en cada plano. Entre los grandes de cualquier época que además se ponen delante de su propia cámara, me cuesta encontrar a otro que arriesgue tanto con el montaje y el encuadre en sus peleas sin perder, por los pelos, la legibilidad. Sus películas previas, con sus fallos evidentes, ya me dejaban ese regusto de promesa cumplida a medias. Aquí la promesa sube un peldaño.
La historia, para quien haya visto Yojimbo, Por un puñado de dólares o cualquiera de sus infinitos hijos y nietos repartidos por el mundo, no reserva sorpresas: el guerrero solitario que llega a un lugar podrido y decide, por motivos propios y turbios, meterse en la pelea de otros. El esqueleto de Kurosawa aguanta el enésimo trasplante sin quejarse, porque es un esqueleto sabio. Lo interesante no está en el qué, sino en el cómo, y aquí hay una paradoja que a mí me tiene fascinado: siendo esto, en teoría, una película de espadas, sus mejores momentos llegan precisamente cuando las espadas se sueltan y entran los puños. Hay tajos y estocadas que me han dejado con la boca abierta, no lo voy a negar. Pero el cuerpo a cuerpo, el golpe seco sin filo de por medio, es donde Li Bingyuan encuentra su firma más personal.
Y hay una palabra que casi nunca uso hablando de este género, y aquí me sale sola: crueldad. No hablo de gore gratuito, que de eso hay en cualquier tenderete. Hablo de que los golpes duelen de una manera que incomoda incluso mientras se disfrutan, un filo cruel que no deja de ser divertido, extraña combinación que pocos aciertan a mezclar sin que una de las dos cosas se coma a la otra.
Hay una secuencia, ya avanzada la función, en la que el protagonista se enfrenta desarmado a un adversario mucho más corpulento en el interior de un local estrecho, sin apenas espacio para el lucimiento. Ahí es donde mejor se aprecia el método de Li Bingyuan: la cámara se pega al suelo, los golpes suenan secos y feos, y el combate se resuelve no por elegancia sino por puro agotamiento, como debe resolverse una pelea real entre dos cuerpos que ya no dan más de sí. Es el tipo de plano que separa a un coreógrafo de un cineasta, y a mí me dejó clavado en la butaca.
Y esta crueldad tiene, además, su prueba del algodón fuera de la ficción: como es costumbre en las películas de este hombre, los títulos de crédito rescatan el material de rodaje, los golpes reales, los accidentes, las caídas mal amortiguadas. Y da miedo ver cuánto castigo físico se ha llevado el propio director por el camino. No deseo que el resto del cine de acción funcione así, con el reparto molido a base de verdad, pero sirve como recordatorio incómodo de una regla que se nos olvida: si algo parece que duele de verdad en pantalla, probablemente sea porque duele de verdad.
Hay una prueba definitiva para saber si una película de acción funciona, y es esta: dame un personaje que aparezca cuatro minutos, que ni siquiera tenga nombre propio, y consigue que me importe tanto su manera de matar como su manera de morir. The Killer of Swordsmen la supera con nota. Eso, en este oficio, vale su peso en oro.
Podría extenderme en lo que falla, que también lo hay, empezando por un reparto de acompañamiento que uno olvida en cuanto sale del cine y una trama que no engaña a nadie con su parentesco declarado. Pero prefiero gastar mi tinta en otra cosa: en la esperanza, sincera y algo iluso, de que dentro de unos años el nombre de Li Bingyuan circule con la naturalidad con la que hoy circulan otros, entre la gente que todavía cree que el cine de acción puede tener firma de autor. A mí ya me tiene ganado. Con miel y todo.


