Yo lo encontré antes que él. Estaba en mi butaca, deseando la siguiente captura — Crítica de Encontré al diablo

Encontré al diablo es un descenso al infierno moral de la venganza, una película feroz que no ofrece alivio, solo una resaca de espanto.
Ficha técnica
- Título original: Akmareul boatda (
악마를 보았다) - Título internacional: I Saw the Devil
- Dirección: Kim Jee-woon
- Intérpretes principales: Lee Byung-hun, Choi Min-sik, Jeon Guk-hwan y Chun Ho-jin
- País: Corea del Sur
- Año: 2010
- Duración: 142 minutos
- Género: thriller
Sinopsis
Un agente secreto persigue por su cuenta al asesino de su prometida y decide no conformarse con matarlo: convierte la venganza en una cacería interminable donde cada captura lo acerca un poco más al mismo abismo que pretende castigar.
Tráiler
Mi opinión
Dediqué en su día una columna entera a despotricar contra el gran mercado del morbo, contra esa droga de la truculencia que las mañanas televisivas administran a sus fieles, contra el negocio de la sangre ajena consumida desde el sofá con la taza de café. Me reafirmo en cada palabra. Y ahora me toca explicar por qué una de las películas más brutales que he visto en mi vida, un catálogo de atrocidades que haría palidecer a cualquier programa de sucesos, me parece admirable. Tiene guasa la papeleta. Vamos a intentarlo.
Lo que cuenta es esto. Un asesino en serie, un depredador sin método ni mensaje, pura hambre, destroza una noche de nieve a una joven embarazada. El novio de la víctima es agente secreto, un profesional de la violencia de Estado, y decide saltarse el luto, el funeral y el código penal para cazar al monstruo por su cuenta. Lo encuentra pronto, y ahí la película hace su jugada maestra: en vez de matarlo, le da una paliza y lo suelta. Y lo vuelve a cazar, y lo vuelve a soltar. Convierte la venganza en captura y liberación, en un juego sádico donde el gato quiere que el ratón sufra sabiendo que es ratón. El refrán dice que la venganza es un plato que se sirve frío; este hombre decide no servirlo nunca, dejarlo eternamente en el fuego, y en esa decisión demente está toda la película: cada prórroga del castigo le arranca al vengador un pedazo de lo que le quedaba de humano.
Y aquí está la diferencia con la mercancía que denuncié en aquella columna. La truculencia televisiva anestesia: te sirve el espanto ajeno para que constates el mal desde lejos, calentito y a salvo. La violencia de Kim Jee-woon hace exactamente lo contrario: duele, pesa, cobra factura, no permite la distancia confortable. Aquí cada golpe tiene consecuencias morales y cada atrocidad nos pregunta si seguimos deseando la siguiente, y por qué. No hay redención, no hay chiste que alivie, no hay justicia que cierre nada. La censura coreana obligó a recortarla dos veces antes del estreno, y por una vez entiendo el sofoco de los censores, aunque no les dé la razón: esta película está diseñada para que nadie salga indemne, empezando por su protagonista.
Kim Jee-woon, por lo demás, es un virtuoso descarado. Este señor ha hecho cine de fantasmas, western oriental y melancolía de gángsters, cambiando de género como de chaqueta y planteándose cada película como un pulso técnico. Aquí hay una secuencia dentro de un taxi, con la cámara girando sobre los asientos mientras se desata la carnicería, que es puro alarde, de esos que en otro contexto me parecerían gimnasia de tarado y que aquí funciona porque el vértigo formal y el vértigo moral van de la mano. Y hay una idea visual que no me abandona: toda esa barbarie ocurre en paisajes nevados, limpios, casi navideños, como si el país más ordenado del mundo escondiera un matadero detrás de cada invernadero.
Los dos actores libran su propio duelo por encima del guion. Y conviene recordar de dónde vienen, porque esta película no cayó del cielo: pertenece a aquella ola de venganzas que el cine coreano desató en los dos mil, con Park Chan-wook y su trilogía al frente, y la empuja hasta su punto de no retorno. De ahí la perversa gracia del reparto. Choi Min-sik, que fue el vengador martillo en mano de Oldboy y aquí pasa al otro lado de la cacería, compone un monstruo sin una gota del encanto que el cine suele regalarle a sus caníbales ilustres: no seduce, no filosofa, no cita a nadie; es apetito con cara de fatiga, y por eso da tanto miedo. Lee Byung-hun, uno de los rostros más hermosos del cine asiático, hace el camino contrario: congela esa belleza en una máscara de hielo que se va agrietando hasta el plano final, cuando por fin se rompe y comprendes que llevabas dos horas viendo a un hombre despedirse de sí mismo.
Dos horas y veintidós minutos, por cierto, y no las perdono del todo: en su último tercio la escalada bordea el agotamiento y hay un par de vueltas de tuerca que coquetean peligrosamente con la pornografía del exceso que la propia película examina. Camina por un alambre finísimo y alguna vez se le va el pie. Tampoco se la recomendaría a casi nadie: conozco a mucha gente estupenda que abandonaría a los veinte minutos, y haría bien.
El título promete un diablo y el protagonista se pasa la película buscándolo para mirarle a la cara. Yo lo encontré antes que él. Estaba en mi butaca, deseando la siguiente captura.


