De higos a brevas — Crítica de Faces of a Fig Tree

De higos a brevas — Crítica de Faces of a Fig Tree
Nota: 4,5/5

Faces of a Fig Tree convierte una casa familiar y una higuera en el centro de una crónica doméstica excéntrica, delicada y finalmente conmovedora.

Ficha técnica

  • Título original: Ichijiku no kao
  • Dirección: Kaori Momoi
  • Intérpretes principales: Kaori Momoi, Hanako Yamada, Saburō Ishikura y Katsumi Takahashi
  • País: Japón
  • Año: 2006
  • Duración: 94 minutos
  • Género: drama

Sinopsis

Tras la muerte de un padre entregado al trabajo, una familia se dispersa y vuelve a reunirse alrededor de una casa con jardín e higuera, mientras el duelo, el humor y los pequeños giros de la vida cotidiana recomponen sus vínculos.

Tráiler

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Mi opinión

Cuando un actor famoso anuncia que se pasa a la dirección, suelo echarme a temblar, porque el resultado acostumbra a ser un monumento a su propio ego con las mejores luces apuntando a su careto. Pero la lista de excepciones es tan gloriosa que desarma el prejuicio: Charles Laughton dirigió una sola película en su vida y resultó ser La noche del cazador, o sea, una de las cumbres del cine entero. A esa lista de intérpretes que al ponerse detrás de la cámara demostraron tener mundo propio hay que apuntar, con letra pequeña pero tinta buena, a Kaori Momoi, actriz inmensa del cine japonés desde los años setenta, a la que los occidentales despistados conocerán como la madre fumadora de pipa de Memorias de una geisha y los menos despistados como la emperatriz de El sol, de Sokurov. Pasados los cincuenta, la señora escribió, dirigió y protagonizó esta rareza titulada Faces of a Fig Tree. Y la rareza resulta ser una pequeña maravilla.

Aviso de lo que espera, porque los primeros minutos me tuvieron con la mano en la puerta. Esto arranca como uno de esos poemas audiovisuales de festival que tanto pánico me dan: collage de planos, interpretaciones estilizadas hasta la extravagancia, personajes que gesticulan como muñecos de teatro, una casa con jardín e higuera que parece encantada, y quizá lo esté literalmente. Todo compuesto con un esmero pictórico que en otras manos sería el preludio de dos horas de nada exquisita. Pero aquí ocurre el prodigio: de ese caleidoscopio empieza a emerger, nítida como el agua, la crónica de una familia corriente. La forma es excéntrica; lo que cuenta, universal. Y esa combinación, que parece fácil y es dificilísima, es la marca de los que de verdad tienen algo que decir.

Además, esta mujer narra con una economía que debería enseñarse en las escuelas. Lo que cualquier película actual despacharía con un diálogo de cinco minutos, aquí se resuelve en tres planos breves y ya está contado. El padre, un currante de la construcción, se muda para estar cerca de un tajo donde se pasa días y noches corrigiendo la incompetencia general. En su vida asoma una segunda mujer, una vecina joven, pero antes de que la cosa prospere, el hombre se muere de puro trabajar, esa plaga tan japonesa que ellos mismos han tenido que bautizar porque ningún otro idioma la necesitaba. Y atención a lo que viene después, porque su despedida de este mundo está resuelta con una de las escenas póstumas más divertidas que recuerdo, un hallazgo de humor macabro y ternura que vale por media filmografía de comediantes profesionales. Luego la vida sigue, que es de lo que va todo: la viuda y el hijo se mudan con la hija, las dos mujeres encuentran con el tiempo a quien las merece, y el camino de vuelta lleva otra vez a la casa de la higuera, que ha estado esperando como esperan los árboles, sin prisa y con raíces.

Y ahí está el corazón del asunto: bajo el disfraz vanguardista late una crónica familiar de las de toda la vida, cotidiana, delicada, que hacia el final se permite el sentimentalismo y se lo gana, porque a estas alturas uno ya se cree a esta familia como si fueran los vecinos del quinto. La higuera, por cierto, acaba participando en la función de una manera que no corresponde revelar a un crítico decente.

Como actriz, Momoi se reserva el papel de la madre y lo borda, con esa técnica suya de parecer despistada mientras lo registra todo. Y como directora de actores hace algo que solo puede hacer quien lleva medio siglo delante de la cámara: empujar a todo su reparto hacia un registro estilizado, al borde del ridículo, sin que nadie se caiga por el precipicio. Hay que saber muchísimo de interpretación para dirigir interpretaciones tan raras. La joven Hanako Yamada, como la hija, le sigue el juego con gracia.

¿Reparos? Uno, y honrado: la sintonía tarda en llegar. El primer cuarto de hora exige del espectador un acto de fe, y entiendo a quien se baje del barco antes de que zarpe, porque el simbolismo a ratos se espesa y no todos los enigmas de la función tienen solución en la última página. A cambio, todo el viaje cabe en hora y media, que es la duración natural de las cosas bien pensadas.

Películas así se dan de higos a brevas. Razón de más para no dejarla pasar.