Un cuerpo no olvida — Crítica de I Am What I Am 2

I Am What I Am 2 traslada la danza del león al ring y descubre que ambas disciplinas comparten el mismo peso, encontrando en la animación 3D una precisión física que rara vez habíamos visto.
Ficha técnica
- Título internacional: I Am What I Am 2
- Título original:
雄狮少年2(romanización según IMDb:Xiong shi shao nian 2) - Dirección: Sun Haipeng
- Voces principales: Li Xin, Guo Hao, Chen Yexiong
- País: China
- Año: 2024
- Duración: 133 minutos
- Género: animación, acción, drama
Sinopsis
A’Juan emigra a Shanghái para pagar el tratamiento de su padre y termina representando a un gimnasio tradicional venido a menos en una competición de artes marciales, enfrentándose a rivales cada vez más duros mientras arrastra el peso de sobrevivir en una ciudad gigantesca.
Tráiler
Mi opinión
Un cuerpo no olvida. A’Juan aprendió en la primera I Am What I Am a cargar el peso de una cabeza de león, medir la distancia de un salto y confiar en que sus compañeros estarían debajo para evitar que se partiese la crisma. En esta secuela cambia los postes por la lona y el tambor por la campana del ring, pero no empieza de cero. Todo lo que aprendió bailando sigue en sus piernas.
Ese es el gran hallazgo de la película. Llevar al protagonista desde la danza del león hasta una competición de artes marciales podía parecer una de esas maniobras industriales que detectan el éxito de una primera entrega y deciden añadir mamporros a la segunda. Sun Haipeng comprende que ambas disciplinas comparten equilibrio, ritmo, resistencia, engaño y control del espacio. No cambia de asunto. Lo continúa mediante otro movimiento.
Yo llegaba, además, bastante cansado de la animación tridimensional. No de la animación, que sería como declararse enemigo de la pintura porque existen cuadros malos, sino de tantos personajes con piel de plástico, movimientos sin peso y superficies tan pulidas que parecen recién sacadas del envoltorio. Había empezado a asumir que el 3D comercial consistía en imitar la realidad eliminando precisamente aquello que hace real a un cuerpo.
Y entonces llegaron estas dos películas.
La primera ya me había dejado atónito por su manera de filmar la danza. Esta segunda aplica la misma precisión al combate. Los personajes cargan el peso antes de atacar, pierden el equilibrio cuando fallan, protegen una zona dolorida y respiran peor a medida que avanza el asalto. Cuando caen, el suelo parece cobrarles la deuda.
A’Juan ha emigrado a Shanghái para trabajar y pagar el tratamiento de su padre. Allí termina representando a un gimnasio tradicional venido a menos en una competición de artes marciales. La estructura se reconoce pronto: muchacho humilde, adversarios más experimentados, primera derrota, entrenamiento y ascenso hacia el rival definitivo. El cine deportivo lleva décadas repitiendo esta ceremonia y I Am What I Am 2 no pretende reinventarla.
Pero Rocky tampoco era únicamente una película sobre boxeo. Era la historia de un hombre al que nadie miraba y que pedía una oportunidad para demostrar que ocupaba algún lugar en el mundo. Sun Haipeng entiende la lección. El verdadero adversario de A’Juan no espera dentro del ring. Está en los alquileres, los trabajos agotadores, la enfermedad de su padre y la humillación de llegar a una ciudad gigantesca para descubrir que eres una brizna de hierba entre millones.
Por eso las peleas importan. Cada vez que derriban a A’Juan también caen con él las facturas, el miedo a fracasar y la certeza de que el esfuerzo no garantiza nada. Cuando se levanta, el gesto es previsible, pero no está vacío. Sabemos lo que le cuesta ponerse en pie porque la película se ha ocupado de enseñarnos lo que le espera fuera si no lo hace.
Sun Haipeng rueda los combates con una energía desatada, aunque rara vez sacrifica la claridad. La cámara gira, se acerca y acelera, pero mantiene la relación entre los cuerpos. Sabemos qué distancia separa a los luchadores y qué error ha permitido que entre un golpe. El montaje no trocea la acción para fingir una velocidad que los animadores no han creado. La velocidad ya está dentro del movimiento.
Cada adversario, además, obliga a A’Juan a modificar su manera de pelear. No basta con desbloquear un golpe más fuerte como en un videojuego perezoso. Tiene que observar, resistir y utilizar la memoria física de la danza del león. En los mejores momentos, el combate se convierte en una conversación: uno propone una distancia, el otro la rompe; uno impone el ritmo, el otro introduce una pausa.
Ahí la animación deja de parecer una imitación incompleta del cine con actores y recuerda que posee su propia gramática. Una cámara real jamás podría atravesar algunos de estos combates como lo hace aquí. La película puede deformar el espacio, el color y la velocidad sin renunciar al peso de los cuerpos. No tiene que elegir entre mostrar la pelea y expresar lo que siente el personaje. Puede hacer ambas cosas a la vez.
Shanghái también participa en esa sensación. No es una ciudad de postal, sino una sucesión de gimnasios modestos, habitaciones pequeñas, calles abarrotadas y edificios que empequeñecen a quienes intentan sobrevivir entre ellos. Frente a esa escala, A’Juan parece insignificante. La película necesita que lo parezca para que cada avance suyo tenga valor.
Sin embargo, lo que termina elevando el conjunto por encima del buen espectáculo es su afecto por la gente. A’Juan no llega solo al ring. A su alrededor se forma una familia accidental de amigos, maestros y personas derrotadas que encuentran en el gimnasio un lugar donde dejar de defenderse durante un rato. La primera entrega ya entendía que sostener la cabeza del león era un trabajo colectivo. Esta segunda traslada la idea a la vida adulta: uno pelea solo, pero nadie llega solo hasta la pelea.
La película siente también un cariño evidente por las artes marciales tradicionales, aunque no las convierte en una reliquia intocable. Reconoce su belleza y su herencia, pero admite que una tradición incapaz de enfrentarse al presente termina convertida en exhibición para turistas o en el discurso de algún maestro que lleva demasiados años sin recibir un golpe.
Defender esa tradición no significa encerrarla en una vitrina. A’Juan la mantiene viva precisamente porque la obliga a adaptarse. La danza no desaparece cuando comienza a pelear. Cambia de forma.
Esta secuela es, además, más oscura que la primera. La violencia ya no posee siempre la limpieza de una competición juvenil. Hay cuerpos utilizados como mercancía, derrotas preparadas y gente dispuesta a convertir la necesidad ajena en espectáculo. A’Juan solo quiere ayudar a su familia, pero quienes controlan la competición descubren que su historia también puede venderse. Necesitan un héroe, un villano y una humillación que mantenga al público pendiente.
La película apunta así hacia el negocio que convierte el sufrimiento en contenido, aunque no siempre profundiza cuanto debería. Tiene demasiados asuntos entre manos: la enfermedad, la supervivencia en la ciudad, la explotación laboral, el espectáculo deportivo y el futuro de las artes tradicionales. Todos poseen interés, pero algunos quedan enunciados con más claridad que desarrollados.
También se nota demasiado la estructura. Sabemos cuándo llegará la derrota, cuándo empezará el entrenamiento y qué golpe emocional obligará al protagonista a levantarse. Hay antagonistas diseñados con poca sutileza y momentos en los que la música o el diálogo subrayan una emoción que ya había quedado perfectamente expresada mediante una postura o una respiración.
Y dura dos horas y trece minutos. No se me hicieron pesadas, porque los personajes y los combates mantienen el pulso, pero una poda habría dado más fuerza a determinados conflictos y habría evitado que el tramo final tuviera que resolver tantas cuentas pendientes.
Lo curioso es que veo todos esos mecanismos y aun así la película me emociona. Reconozco la fórmula, sé cuándo aprieta los botones y escucho la música preparándose para decirme qué debo sentir. Pero siento. La sinceridad no hace invisible el mecanismo; consigue que vuelva a funcionar.
Le doy cuatro estrellas porque no es una película perfecta. Es larga, previsible y demasiado consciente de algunos de sus mensajes. Pero pocas obras recientes han combinado con esta eficacia el espectáculo, la emoción y el movimiento. Sus peleas no interrumpen la historia: la cuentan. Los personajes no existen para conducirnos hasta el siguiente combate: los combates importan porque les ocurren a ellos.
Y me ha reconciliado con algo que empezaba a dar por perdido. La animación no es un género infantil ni una versión menor del cine con actores. Es un medio capaz de inventar cualquier cuerpo y, cuando está en manos de alguien que entiende el peso, conseguir que ese cuerpo duela más que uno real.
A’Juan entra en la película como un bailarín obligado a aprender a pegar. Yo salí convencido de que, cuando pelea de verdad, nunca ha dejado de bailar.


