Dos películas peleándose dentro de una sola butaca — Crítica de Lupin the IIIrd: The Movie - The Immortal Bloodline

Yo salgo de la sala con la sensación de dos películas peleándose dentro de una sola butaca.
Ficha técnica
- Título internacional: Lupin the IIIrd: The Movie - The Immortal Bloodline
- Título original:
LUPIN THE IIIRD THE MOVIE 不死身の血族 - Dirección: Takeshi Koike
- Voces: Kanichi Kurita, Akio Ōtsuka, Daisuke Namikawa, Miyuki Sawashiro, Kōichi Yamadera
- País: Japón
- Año: 2025
- Duración: 93 minutos
- Género: animación, acción, aventura
Tráiler
Mi opinión
Confieso mi escepticismo de viejo cascarrabias ante casi todo lo que huele a saga cerrada, precuela y universo expandido, esa maquinaria de deberes narrativos que ha ido colonizando el cine igual que colonizó los tebeos de superhéroes. Y sin embargo aquí estoy, debiéndole una reseña como Dios manda a esta última entrega del Lupin de Takeshi Koike, porque la vi de refilón hace unos días en el Festival Nits de Vic, dentro de aquel homenaje al ladrón más elegante del manga japonés, y la despaché entonces con una línea de trámite que no le hacía justicia ni para lo bueno ni para lo malo.
Koike pertenece a esa rara estirpe de artesanos que consiguen que un personaje ajeno empiece a hablar con su propio acento. Llevaba años puliendo un Lupin más estilizado, más adulto, de gestos secos y violencia con clase, bastante alejado del desenfado con el que crecimos los que vimos aquellas aventuras en la tele de toda la vida. Y funcionaba de maravilla, porque se le notaba mano firme, la de quien sabe exactamente qué está construyendo. En esta entrega, que además cierra su etapa al frente del personaje y hace de precuela nada menos que de la primerísima película de la saga, allá por los setenta, algo se le desordena: quiere abarcar demasiado Lupin a la vez, y el resultado se le escapa entre los dedos como quien pretende cargar demasiadas maletas.
La trama es puro disparate de aventuras, del que a mí me chifla cuando está bien administrado: una isla remota en mitad de ninguna parte, una invitación sospechosa, un avión derribado, viejos enemigos que resucitan como en las peores pesadillas de un guionista con prisa, y una criatura casi inmortal empeñada en borrar el legado del propio ladrón. Nada que Lupin no haya hecho antes, que esta franquicia lleva medio siglo coqueteando con lo imposible sin pedir perdón. El desajuste está en otro sitio: el tono grave y contenido que Koike había cultivado con tanto mimo no encaja con la locura que la propia historia le reclama, y el resultado es como ver a Clint Eastwood contando un chiste de Chiquito de la Calzada sin permitirse ni una sonrisa. Ahí está, por ejemplo, el momento en que a la pobre Fujiko la capturan para un ritual de sacrificio de manual, de esos con antorchas y cánticos, y Goemon, que es puro acero y cuatro palabras por película, tiene que dejar a medias un duelo que llevaba media hora cociéndose para ir a salvarla. La secuencia está rodada con una solemnidad de misa mayor, cámara lenta y silencio incluidos, como si aquí se estuviera dirimiendo el destino del universo. Y perdonen que me ría, pero estamos hablando de un rescate en mitad de un ritual pagano de opereta, en una isla que además resulta ser, agárrense, el propio monstruo disfrazado de paisaje. Ríase Koike un poco de sí mismo, hombre, que no pasa nada.
La factura técnica sigue siendo notable, eso hay que reconocerlo sin reservas. La animación conserva su careto inconfundible, la acción tiene un pulso que pocas producciones actuales de la franquicia igualan, y hay tramos sueltos donde uno recuerda de golpe por qué esta interpretación resultaba tan magnética. Hay una escena, hacia el final, que resume mejor que ninguna otra ese choque de registros del que hablo, y que me dejó con mejor sabor de boca que toda la hora anterior junta. El grupo llega a la orilla acorralado por un tsunami que se les viene encima, y Lupin decide quedarse atrás para entretener él solo a la criatura inmortal mientras los demás escapan. Antes de separarse le pide a Jigen un último cigarrillo. Y Jigen, en vez de dárselo, le entrega el paquete entero y le dice que se lo devuelva luego, gesto mínimo pero que vale por diez páginas de guion sobre la amistad entre esos dos. Acto seguido Lupin hace estallar una carga explosiva contra el monstruo, que se regenera igual de furioso y desata sin querer la erupción del volcán de la isla, mientras Zenigata, fiel a su tozudez de toda la vida, corre detrás de Lupin cuesta arriba hacia el cráter como ha hecho en cada una de sus encarnaciones desde que el mundo es mundo. Es una secuencia estupenda, de una economía emocional que Koike domina mejor que casi nadie del oficio. Y por eso duele tanto que el resto de la función insista en rodearla de tanta explicación de continuidad que casi la asfixia antes de que llegue su turno.
Porque el verdadero lastre es ese: la obsesión por la continuidad. La película se comporta como quien tiene que cerrar un expediente entero antes de atreverse a contar nada, recuperando personajes y atando cabos de entregas anteriores con una insistencia que me recuerda, mal que me pese la comparación, a esa plaga moderna de las franquicias que necesitan resumirte los capítulos anteriores antes de dejarte disfrutar del nuevo, como si el espectador tuviera amnesia o poca fe en su propia memoria. Sobra explicación y falta avance, que es justo la combinación que peor le sienta a cualquier historia.
Y ahí está la paradoja, la de siempre: Lupin nunca necesitó tanto equipaje para que la maquinaria arrancara. Basta con juntar a Lupin, Jigen, Goemon y Fujiko alrededor de un botín imposible, dejar que Zenigata les vaya pisando los talones con esa tozudez suya de toda la vida, apareciendo justo en el peor momento posible, y ya está todo el motor en marcha, sin necesidad de más equipaje que ese. Aquí, en cambio, la película parece más empeñada en subrayarnos la importancia de lo que estamos viendo que en dejar que sus personajes sean, sencillamente, ellos mismos, que era toda la gracia del invento desde el principio.
Y mi reparo más serio va por ahí: en su afán de llevar el personaje hasta el límite, Koike deja que Lupin, Jigen, Goemon y Fujiko se conviertan, durante buena parte del metraje, en algo más parecido a figuras de cera que a compañeros de correrías, todos posando incluso en mitad del combate, todos hablando con esa gravedad de quien sabe que está en una película trascendental. Fíjense que la escena del cigarrillo demuestra que el hombre sabe hacerlo, y de sobra, en cuanto se relaja treinta segundos. Ahí está toda la complicidad que uno echa de menos el resto del metraje, servida de golpe, sin previo aviso, para que luego se le olvide otra vez durante media hora. Y eso, más que la frialdad en sí, es lo que de verdad me sacó de quicio: no que no sepa hacer cercanía entre estos cuatro, que la sabe hacer y muy bien, sino que decida guardársela en el bolsillo casi todo el rato, como quien tiene el mejor vino de la bodega y solo lo saca dos veces al año. Un Lupin oscuro no tiene por qué ser un error, que para eso está la maravillosa Fujiko Mine del propio Koike demostrando lo contrario con las manos en la masa. La pregunta que me llevo a casa es cuánto puedes desnudar a un personaje antes de que deje de parecerlo, la misma pregunta que me hago cada vez que veo remozar a un clásico con demasiado entusiasmo y demasiado poco pudor.
No es una película divertida en el sentido tradicional del término, y ahí discrepo de los espectadores más generosos que la defienden a capa y espada. Pero engancha, mantiene viva la curiosidad hasta el final, y hace un trabajo respetable atando su propio universo, aunque ese mismo empeño sea, para mi gusto, su principal condena. Yo salgo de la sala con la sensación de dos películas peleándose dentro de una sola butaca. Y sigo, como casi todo el mundo que conozco, sin poder con Fujiko.


