Una película puede moverse mucho sin avanzar — Crítica de Road to Vendetta

Una película puede moverse mucho sin avanzar — Crítica de Road to Vendetta
Nota: 3,5/5

Road to Vendetta es un thriller de asesinos entre Hong Kong y Japón, irregular pero con imaginación y momentos brillantes de acción.

Ficha técnica

  • Título: Road to Vendetta (殺手#4)
  • Dirección: Albert Njo Kui-ying
  • Intérpretes: Jeffrey Ngai, Sara Minami, Chu Pak-him, Naoto Takenaka, Rosa Maria Velasco y Takumi Saitoh
  • Género: acción, thriller
  • País: Hong Kong-Japón
  • Año: 2025
  • Duración: 108 minutos

Sinopsis

Un asesino profesional de Hong Kong es enviado a Japón, donde su camino se cruza con el de una joven japonesa movida por la venganza.

Tráiler

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Mi opinión

Las películas de asesinos profesionales han convertido hasta pedir unos fideos en una operación logística. Entras en un restaurante, pronuncias la contraseña, y el camarero que parecía calcular la cuenta resulta ser el encargado de proporcionarte una pistola, un pasaporte falso y la dirección del siguiente cadáver. Desde que John Wick transformó el crimen organizado en una cadena internacional de hoteles con excelente servicio de habitaciones, medio cine de acción anda buscando su propio mostrador secreto.

Road to Vendetta encuentra el suyo entre restaurantes y tiendas de juguetes que ofrecen recursos bastante menos inocentes que los expuestos en el escaparate. También tiene asesinos numerados, huérfanos que ayudan a otros huérfanos, una venganza pendiente y una aplicación de teléfono que permite entenderse a dos protagonistas que no comparten idioma ni confianza. Nada de esto resulta completamente nuevo. Pero está presentado con suficiente gracia para que uno quiera saber qué se esconde detrás de la siguiente puerta.

La premisa me ganó enseguida. Un mundo criminal habitado por asesinos profesionales, dos jóvenes unidos por la pérdida y un camino hacia la venganza cubierto de cadáveres y música electrónica. Ya he entrado en películas por bastante menos.

Me gusta especialmente la idea de esconder la infraestructura de los asesinos dentro de negocios cotidianos. Un restaurante puede funcionar como centro de operaciones. Una tienda de juguetes puede suministrar herramientas que ningún padre sensato compraría para un cumpleaños. La ciudad visible continúa con su vida mientras debajo existe otra, organizada para quienes matan por dinero.

El hallazgo no está solo en que los escondites resulten ingeniosos. Ayudan a imaginar un universo más amplio que la historia. No vemos únicamente a un asesino cumpliendo un encargo; intuimos toda una red de lugares, códigos y personas trabajando para que la violencia funcione con la eficacia de una empresa de reparto.

La comparación con John Wick resulta inevitable. Aquella saga convirtió a los asesinos en miembros de una sociedad paralela con hoteles, monedas, sastres, médicos y normas propias. Road to Vendetta circula por una carretera parecida, aunque con menos presupuesto, menos solemnidad y un gusto más desordenado por mezclar la acción, el humor y el melodrama.

No la reduciría, sin embargo, a una imitación barata. Tiene suficiente personalidad para separarse del modelo, especialmente en la relación entre sus dos protagonistas. Después de conocerse, deben utilizar una aplicación del teléfono para comunicarse. No hablan el mismo idioma y tampoco tienen razones para fiarse el uno del otro, así que hasta las frases más sencillas deben atravesar una pantalla antes de llegar a su destino.

El recurso podía haberse quedado en una ocurrencia tecnológica, pero expresa bastante bien lo que ocurre entre ellos. Están juntos, aunque siempre existe algo interpuesto en la conversación. Una máquina traduce las palabras, pero no puede decidir qué están ocultando, cuánto pueden confiar ni qué parte de la historia del otro están dispuestos a creer.

Esa distancia le da cierto encanto a la pareja. No se entienden del todo, en ninguno de los sentidos posibles, y precisamente por eso uno quiere ver cómo consiguen avanzar. Su relación proporciona a la película algo más que un itinerario entre tiroteos. Sin ese vínculo, la venganza y la organización de asesinos serían piezas atractivas de un mecanismo bastante conocido. Con ellos aparece al menos la posibilidad de que el viaje importe por las personas que lo recorren.

El comienzo es lo mejor de la función. La secuencia inicial y la presentación de los protagonistas poseen energía, claridad y una seguridad que hacen pensar que la película va a agarrarnos por el cuello durante todo el metraje. Hay movimientos de cámara veloces, balas volando y una banda sonora electrónica que parece haber ingerido más cafeína que todos los personajes juntos.

Durante esos primeros minutos, Road to Vendetta no pide atención. La secuestra.

El problema es que después no siempre sabe qué hacer con el rehén.

Hay películas rápidas y películas que no paran de decirnos que son rápidas. Road to Vendetta empieza perteneciendo a las primeras y termina acercándose demasiado a las segundas.

Todo en su superficie transmite velocidad. La cámara corre, el montaje aprieta, los disparos se encadenan y el techno empuja cada escena como si detrás viniera una estampida. Pero el relato atraviesa largos tramos en los que pierde fuerza. La película mantiene los signos exteriores del vértigo cuando la tensión ya se ha sentado a descansar.

Una película puede moverse mucho sin avanzar.

Aquí ocurre más veces de las convenientes. La música asegura que hay urgencia. Los personajes tienen enemigos detrás y una venganza delante. La cámara se desplaza como si acabara de recordar que ha dejado el gas encendido. Sin embargo, yo no siempre sentía peligro, impaciencia ni deseo de saber qué ocurriría después.

La película parecía estar explicándome que debía sentir tensión en lugar de provocarla.

No es una cuestión de cantidad de acción. No necesito que una película dispare durante dos horas sin detenerse. Las mejores obras del género saben que una pausa puede cargar un arma mejor que otra ráfaga. Un silencio, una mirada o un cambio de lealtad pueden conseguir que el siguiente tiroteo importe mucho más.

John Woo entendía perfectamente esa relación. Sus películas podían entregarse al exceso, hacer volar cientos de balas y convertir una iglesia en una tormenta de pólvora, pero en el centro había personas, amistades, traiciones y afectos que daban peso al espectáculo. Los descansos no estaban entre las escenas de acción. Eran parte de ellas.

En Road to Vendetta, varias pausas se limitan a separar una descarga de la siguiente. No siempre hacen crecer la relación entre los protagonistas ni aumentan la inquietud. A veces únicamente aplazan el momento en que la película vuelve a convertirse en aquello que prometía durante el arranque.

El resultado es extraño. Hay cámara rápida, música rápida, montaje rápido y una experiencia que, durante determinados pasajes, se vuelve lenta. El techno continúa corriendo mientras el argumento busca dónde ha aparcado.

Eso resulta especialmente frustrante porque el mundo tiene posibilidades. Los asesinos numerados, los huérfanos que se protegen entre sí, los restaurantes y las tiendas clandestinas podrían haber sostenido una historia mucho más compacta. Son ideas que despiertan curiosidad, aunque algunas funcionan mejor como promesa que como parte activa del relato.

Me interesa saber que existe ese submundo. Me habría interesado más que cada nueva regla, refugio o recurso complicara de verdad el recorrido de los personajes. En las mejores películas de John Wick, el universo se descubre al mismo tiempo que la acción avanza: una norma abre una salida, crea una deuda o empeora el problema del protagonista. Aquí hay elementos que decoran el camino sin modificarlo demasiado.

Aun así, cuando la película se despierta, tiene momentos capaces de deslumbrar.

La apertura ya mencionada fija un nivel que el resto no mantiene de manera constante, pero el último acto recupera buena parte de aquella fuerza. Hay una secuencia de solemnidad ritual, con ecos de Harakiri, en la que la película abandona durante un rato la agitación electrónica y permite que la violencia adquiera otro peso.

No me refiero simplemente a que la escena sea más lenta. La diferencia está en que deja de necesitar la música y el movimiento continuo para anunciar tensión. La situación ya la contiene. La violencia no parece entonces un accesorio vistoso, sino la culminación de algo que lleva tiempo preparándose.

Es uno de esos momentos en los que la película deja de indicarnos lo que deberíamos sentir y consigue, por fin, que lo sintamos.

También hay movimientos de cámara, transiciones, composiciones y ráfagas de disparos donde imagen y música encuentran exactamente la energía que estaban buscando. No son suficientes para sostener todo el conjunto, pero demuestran que detrás de la película hay imaginación y una mirada capaz de producir imágenes memorables.

Por eso me cuesta enfadarme con ella.

Road to Vendetta es irregular, pero no parece perezosa. Sus problemas nacen menos de la falta de ambición que de la dificultad para ordenar todo cuanto quiere hacer. Pretende construir un universo criminal, desarrollar la relación entre sus protagonistas, contar una venganza, mezclar influencias hongkonesas y japonesas y ofrecer suficientes alardes visuales para que nadie olvide quién está detrás de la cámara.

A veces da la impresión de que quiere enseñar todas sus habilidades antes de que alguien pueda quitársela.

Ese entusiasmo tiene gracia. También pasa factura. Hay ideas que aparecen, brillan y desaparecen antes de integrarse en el conjunto. El tono cambia sin que todos los registros encajen con la misma naturalidad. El humor rebaja momentos que pedían gravedad y el drama frena cuando el thriller necesitaba avanzar.

La película posee el aspecto de una máquina precisa, pero por dentro se oyen piezas chocando.

Algunos efectos digitales me produjeron además una sensación extraña. Hay imágenes cuyas texturas o formas parecen inestables, como si no terminaran de pertenecer al mismo espacio. No he encontrado pruebas de que se utilizara inteligencia artificial y no afirmaría algo así sin ellas. Puede tratarse simplemente de efectos poco pulidos o de decisiones visuales que no terminaron de funcionar.

Lo importante no es adivinar qué herramienta se empleó, sino el resultado: ciertos planos distraen porque su artificialidad se impone sobre lo que está ocurriendo. Conviven con otros visualmente espléndidos, lo que aumenta todavía más la sensación de irregularidad.

Quien entre esperando una descarga continua de acción puede sentirse decepcionado. La película lleva el uniforme de una experiencia frenética, pero contiene más tiempos muertos de los que ese envoltorio permite imaginar. Cuando las peleas y los tiroteos llegan, suelen contener al menos una idea atractiva. El problema está en la espera.

Y, pese a todo, me cayó bien.

Me gusta su mundo clandestino. Me gusta la aplicación que une y separa a sus protagonistas. Me gustan esos comercios donde cualquiera puede entrar a comprar comida o juguetes sin sospechar que en la trastienda se prepara una matanza. Y me gustan varios de sus arrebatos de violencia, cámara y música.

La apertura y el último acto demuestran que sabe ser la película que promete. Entre ambos extremos, el pulso falla demasiadas veces.

Le doy tres estrellas y media porque no estamos ante una gran película de acción, pero tampoco ante una copia sin alma. Tiene imaginación, personalidad y suficientes momentos brillantes para recomendarla a quienes echen de menos una combinación algo descuidada de balas, melodrama y música electrónica.

Road to Vendetta quiere llevarnos a toda velocidad hasta la venganza. A ratos lo consigue. En otros, la tensión llega antes a la banda sonora que a mi cuerpo.

Por suerte, cuando deja de decirnos que corre y se limita a hacerlo, todavía sabe pisar el acelerador.