Shars 51 — Crítica

Salí de la sala con dolor de barriga de tanto reír, esa rara mezcla de vergüenza ajena y devoción que solo produce el bakaeiga bien hecho.
Ficha técnica
- Título usado en el sitio: Shars 51
- Título original:
シャーズ51(Shāzu Gojūichi) - Título en Festival Nits / Fundación Japón: SHARK 51
- Dirección: Minoru Kawasaki
- Intérpretes: Ryosuke Nogi, An Furukawa, Mitsubatch Girls, Andy Wu, Satoshi Kobayashi, Ukulele Eiji e Ibuki Goro
- Género: bakaeiga, comedia paródica de tiburones, pánico de serie B
- País: Japón
- Año: 2026
- Duración: 57 minutos
Tráiler
Mi opinión
Hay un tipo de cine japonés que no aspira a nada, y precisamente por eso lo consigue todo. Kawasaki Minoru lleva cuatro décadas fabricando este tipo de artefactos, monstruos de goma, luchadores disfrazados de calamar, porteros de fútbol con pinzas de cangrejo, y ha ganado con toda justicia el título honorífico de maestro del bakaeiga, el cine estúpido con mayúscula y con orgullo. El hombre presume, sin que nadie se atreva a desmentirlo, de ser el director más rápido del mundo rodando. Tras el éxito de Game of Shark, que tuvo su estreno mundial aquí mismo, en Vic, el hombre regresa al género para rendirle homenaje directo y sin disimulo a la criatura marina más famosa de la historia del cine, justo cuando se cumplen cincuenta y un años del estreno de aquella película que todos sabemos.
La dedicatoria inicial, “a Spielberg”, ya avisa de por dónde van los tiros, y el argumento sigue el de Tiburón con una fidelidad casi conmovedora, aunque la propia producción insiste, y con razón, en que esto es mucho más que un simple refrito: lo que tenemos delante es la batalla más insólita entre el hombre y los escualos que se recuerda en pantalla. La acción se traslada a Takeshima, en la prefectura de Aichi, y hay un detalle de una economía de medios que roza el genio: el tiburón asesino es, literalmente, el mismo traje de goma que ya había protagonizado su anterior película sobre una veterana actriz enfrentándose a un escualo, reciclado y reubicado ahora en mitad de un bosque. Que un tiburón acose y devore gente en pleno monte ya proporciona una dosis de absurdo suficiente para sostener cualquier función. Pero Kawasaki, que jamás se conforma con poco, decide en la segunda mitad añadir a la fiesta un ser extraterrestre con toda la pinta de un primo lejano de Ultraman, un rayo de luz roja incluido, y encima una intervención celestial del cineasta italiano John Migliore, que aparece prestando su ayuda desde el cielo como quien reparte bendiciones sobre el reparto. Uno asiste a esa escalada con la boca cada vez más abierta: primero acepta el tiburón en el bosque, después el extraterrestre no le parece ya tan extraño, y para cuando aparece un cineasta italiano flotando como una aparición celestial, uno ha perdido por completo la capacidad de sorprenderse, que es justo el punto al que Kawasaki quiere llevarte. El caos alcanza cotas notables. Y sin embargo, quizá por la fuerza gravitacional del propio Tiburón original, la función encuentra su manera de aterrizar con cierta lógica interna, lo cual me hizo apreciar, una vez más y sin ironía, la grandeza de Spielberg, aunque sea el Spielberg que ni siquiera aparece en pantalla. ¿Pero cómo se le ocurre a alguien, me pregunté saliendo de la sala, meter semejante disparate cósmico en mitad de un homenaje a un clásico tan solemne como Tiburón?
La respuesta me la dio, ya en casa, una entrevista al propio director que cayó en mis manos por casualidad, y que resume el espíritu de toda la casa mejor que cualquier crítica que yo pueda escribir: sus víctimas nunca sangran, ni siquiera devoradas por el tiburón, porque a él la sangre en el rodaje le resulta desagradable, y prefiere que el género funcione con la estética limpia de un cine de samuráis de otra época. Es una confesión que explica de un plumazo por qué esta violencia siempre resulta tan inofensiva y tan festiva: aquí el ataque es puro gesto, coreografía sin consecuencia física, casi cortesía hacia el espectador. Y por extensión, sospecho, explica también esa libertad para meter extraterrestres y cineastas voladores sin que nada de ello resulte agresivo: si nada duele de verdad, tampoco nada resulta excesivo de verdad.
Y qué decir de Ibuki Gorō, veterano de mil batallas televisivas en Japón, apareciendo en semejante disparate con la dignidad intacta de quien ha decidido, ya en la madurez de su carrera, que unirse a la fiesta absurda es mejor plan que quedarse en casa. Su sola presencia me arrancó una carcajada tan sonora que temí molestar a los vecinos de butaca. Qué demonios hace usted aquí, quise preguntarle, y en el fondo ya sabía la respuesta: divertirse, que es lo único que en el fondo se propone toda esta función.
No voy a fingir que Shars 51 es una película bien hecha en el sentido convencional del término, porque no lo es, ni pretende serlo. El presupuesto se nota en cada plano, el traje del tiburón es el mismo de la entrega anterior sin disimulo alguno, y el metraje entero, cincuenta y siete minutos escasos, cabría dentro del prólogo de cualquier blockbuster contemporáneo. Pero hay una honestidad feroz en un cine que no engaña a nadie sobre sus intenciones, que se declara heredero de Spielberg en la primera pantalla y dedica el resto del metraje, poco pero bien aprovechado, a demostrar que ha entendido el género mejor que muchos blockbusters con cien veces su presupuesto y el triple de duración: el tiburón sigue dando miedo cuando tiene que darlo, y hace reír cuando toca, que es más de lo que logran la mayoría de sus imitadores serios.
Salí de la sala con dolor de barriga de tanto reír, esa rara mezcla de vergüenza ajena y devoción que solo produce el bakaeiga bien hecho. No sé si volveré a ver esta película. Sé que volveré, sin ninguna duda, a lo que sea que Kawasaki Minoru decida rodar el año que viene, probablemente en menos tiempo del que a mí me lleva escribir esta reseña.


