Quiso proteger, no supo hacerlo — Crítica de The Last Blossom

La redención es uno de los negocios más prósperos del cine, y Baku Kinoshita entra en él con un yakuza moribundo y una flor insolente.
Ficha técnica
- Título internacional: The Last Blossom
- Título original:
ホウセンカ(Housenka) - Dirección: Baku Kinoshita
- Intérpretes principales: Kaoru Kobayashi, Junki Tozuka, Hikari Mitsushima, Yoshiko Miyazaki, Pierre Taki
- País: Japón
- Año: 2025
- Duración: 90 minutos
- Género: animación, drama, crimen
Sinopsis
Una historia de animación adulta construida alrededor de un preso, una flor y los recuerdos de una vida que se aproxima a su final.
Tráiler
Mi opinión
Siempre he desconfiado de las historias que esperan a que un criminal esté a las puertas de la muerte para descubrirnos que en el fondo tenía buen corazón. Es una operación demasiado cómoda. Primero el personaje mata, roba y destroza unas cuantas vidas; luego abraza a un niño, acaricia un perro o recuerda entre lágrimas a la mujer que perdió, y ya podemos acompañarlo al otro barrio con la conciencia tranquila. La redención es uno de los negocios más prósperos del cine, y sale especialmente barata cuando quienes sufrieron al protagonista no están presentes para discutirle la versión. The Last Blossom se acerca peligrosamente a ese terreno. Tiene la inteligencia, y esto es lo que la salva, de no instalarse del todo en él.
Otoño de 2023. Akutsu fue un yakuza de tercera fila y lleva casi cuatro décadas encerrado. Ahora es un anciano que se está muriendo en su celda y cuya única compañía es una balsamina crecida en una lata. La flor habla, detalle que él acepta con menos sobresalto del que tendría yo si mañana empezara a interrogarme un geranio. Y no habla para revelarle los secretos del universo ni para guiarlo hacia una luz celestial: lo primero que le suelta es que ha tenido una vida podrida. A partir de ahí le exige que haga memoria. Verano de 1986, la otra mitad de la película: Akutsu vive con Nana y con el hijo pequeño de ella, Kensuke, en un piso destartalado con un jardín lleno de balsaminas. Sin certificados ni ceremonias, aquellos tres construyeron algo que se parecía mucho a una familia.
Ahí está la película que me interesa. No en los códigos del hampa, ni en el dinero, ni en la violencia que acabará mandando a este hombre a prisión, sino en la posibilidad de que alguien criado dentro de una hermandad criminal descubra de golpe otra forma de pertenecer a algo. Los mafiosos se pasan el día hablando de lealtad, de familia y de sacrificio. La casa de Nana no necesita hablar de nada de eso: lo practica. Y el contraste es simple pero funciona, porque frente a un mundo de jerarquías, ritos y una idea de la hombría que consiste en aguantar, obedecer y no llorar jamás, aparece una familia improvisada que no tiene nombre, ni autoridad, ni promesas, y que precisamente por eso parece más libre. Los tres la sostienen a base de cuencos de ramen, partidas de Reversi y canciones compartidas, entre ellas un Stand by Me tan evidente que debería molestarme y que resume el asunto mejor que cualquier discurso: gente sin vínculos oficiales que decide quedarse al lado.
Y conviene fijarse en cómo está contado, porque la modestia de esta película es engañosa. Baku Kinoshita y su guionista Kazuya Konomoto venían de aquella serie estupenda titulada Odd Taxi, y aquí frenan en seco: dibujo deliberadamente sencillo, colores saturados, tempo de contemplación, ni un alarde de esos que dejan al espectador boquiabierto cada cinco minutos. Han entendido que su asunto no es la proeza sino la memoria, o sea, las poquísimas cosas que quedan cuando uno ya no puede cambiar nada. Hay dos decisiones que me parecen mayores. Una, musical: la banda cero firma una partitura que acompaña sin chantajear, cosa rarísima en un melodrama. Otra, de reparto, y es la más brillante: tanto Akutsu como Nana están interpretados por dos voces distintas, una para el presente y otra para el recuerdo, de modo que el recuerdo no suena igual que la vida. Pocas veces he oído una idea sobre el paso del tiempo tan bien colocada en la banda sonora. Y a la balsamina le ponen la voz de Pierre Taki, que le da la insolencia justa: un interlocutor solemne habría convertido esto en una ceremonia funeraria de hora y media, y en cambio la planta pincha, se burla y le recuerda al viejo que todo hombre que repasa su vida está montando también una versión de ella.
El género tiene su patriarca, y es Kurosawa: en Vivir, aquel funcionario gris al que le anuncian que se muere se pasaba la película intentando averiguar si su existencia había servido para algo. Aquí ocurre lo mismo, sólo que el moribundo no es un burócrata inofensivo sino un tipo que hizo daño, y esa es toda la diferencia. Me gusta, además, que Akutsu no sea un gran jefe criminal, de esos que entran en un restaurante y se hace el silencio. Su carrera fue mediocre y su vida transcurrió en los márgenes, incluso dentro del delito. No estamos ante el balance de un emperador caído, sino ante un hombre pequeño preguntándose si una vida pequeña y llena de decisiones equivocadas tuvo algún valor. La pregunta, así planteada, no admite respuesta limpia. Akutsu ha sido violento y ha pertenecido a una organización que vive del miedo, y las consecuencias de lo que hizo no se evaporan porque su intención fuera proteger a alguien; pero también fue capaz de cuidar, de sentir ternura y de sostener durante un tiempo una vida doméstica de verdad. La bondad no vuelve falsos sus crímenes. Sus crímenes no demuestran que el afecto fuera impostura. Una persona puede albergar las dos cosas a la vez, y ahí está lo mejor de esta película: en la convivencia incómoda entre la violencia y la ternura, no en el triunfo tranquilizador de una sobre la otra. No hay cantidad de ramen compartido que cancele un delito, ni condena que vuelva insignificante un gesto de cariño.
Mis reparos son tres y los suelto juntos. El primero, que la intriga criminal, con su dinero y sus traiciones, es la parte más convencional del invento; entiendo que sin ella no habría caída ni culpa, pero cuanto más espacio reclama, más se parece esto a mil películas y menos a la suya. El segundo, que el hallazgo de la flor acaba viéndose demasiado: él recuerda, ella pregunta, el espectador clasifica, y bajo tanta delicadeza empieza a oírse la maquinaria. Y el tercero, el que más me escuece: todo el relato está encerrado en la conciencia de un hombre que dispone de una última noche para explicarse, mientras Nana apenas puede replicarle. Él tuvo décadas de celda para preguntarse qué habría hecho de otro modo; ella tuvo que seguir viviendo, y su experiencia no debería existir sólo como una página en el balance moral de él. Porque hay una nobleza que aquí no me trago del todo, la del hombre que decide en solitario lo que conviene a los demás, se lo oculta y desaparece: el cine lleva un siglo vendiéndonos ese silencio como heroísmo, cuando privar a alguien de la posibilidad de elegir es también una forma de orgullo. Akutsu quiso proteger. Eso no significa que supiera hacerlo.
La balsamina tiene una particularidad que la película no subraya y que a mí no se me va de la cabeza: basta rozarla para que reviente y lo desparrame todo. Este hombre ha tardado casi cuarenta años en atreverse a tocar la suya. No le salen las cuentas, y hace bien la película en no ayudarle a que le salgan. A mí tampoco me salen. Sospecho que de eso iba.


