Dejar de llamar silencio a lo que nunca aprendimos a escuchar — Crítica de The Way We Talk

Dejar de llamar silencio a lo que nunca aprendimos a escuchar — Crítica de The Way We Talk
Nota: 4/5

The Way We Talk convierte la sordera en una pregunta sobre quién decide cómo debe comunicarse una persona, y lo hace desplazando también al espectador oyente fuera de su zona de comodidad.

Ficha técnica

  • Título internacional: The Way We Talk
  • Título original: 看我今天怎麼說
  • Dirección: Adam Wong
  • Intérpretes principales: Neo Yau, Chung Suet-ying, Marco Ng, Yam Yuen
  • País: Hong Kong
  • Año: 2024
  • Duración: 132 minutos
  • Género: drama

Sinopsis

Tres jóvenes sordos de Hong Kong afrontan de forma muy distinta la comunicación, la lengua de signos y el implante coclear, según la educación y las decisiones familiares que marcaron sus vidas.

Tráiler

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Mi opinión

Los oyentes somos gente bastante cómoda. Hemos decidido que hablar consiste en producir sonidos, que una conversación normal es aquella en la que nadie tiene que esforzarse demasiado y que integrarse significa aprender a desenvolverse dentro de las reglas que nosotros establecimos cuando nadie más estaba en la reunión. Si una persona sorda consigue vocalizar, leer los labios y seguir una charla en una habitación llena de ruido, celebramos su adaptación. Rara vez se nos ocurre preguntar cuánto cansancio, cuánta vigilancia y cuántas renuncias se esconden detrás de ese éxito. La generosidad del mundo oyente consiste muchas veces en permitirte entrar siempre que dejes parte de ti en la puerta.

The Way We Talk habla de tres jóvenes sordos de Hong Kong, pero evita desde el principio esa clase de cine bienintencionado donde la discapacidad sirve para que el espectador considerado normal aprenda una lección sobre la superación, la valentía y lo afortunado que debería sentirse por levantarse cada mañana con todos sus sentidos en funcionamiento. Adam Wong se interesa por algo bastante más complejo: la posibilidad de elegir cómo quiere comunicarse cada persona y las consecuencias de que esa elección la hayan tomado antes la familia, la escuela o la sociedad.

Alan utiliza un implante coclear, habla, lee los labios y domina la lengua de signos. Ha estudiado en el extranjero y creció con una madre que le permitió comunicarse como quisiera, de modo que puede moverse entre diferentes espacios sin tener que fingir que uno de ellos anula necesariamente a los demás. Su amigo de infancia, Wolf, procede de una familia sorda y vive la lengua de signos no como una herramienta auxiliar, sino como su idioma, su cultura y la forma natural en que se relaciona con quienes le rodean. La defiende con una pasión que puede llegar a parecer inflexible, aunque resulta fácil comprender su desconfianza: ha visto demasiadas veces cómo la palabra integración se utiliza para pedir a los sordos que hagan todo el esfuerzo mientras el mundo oyente continúa exactamente donde estaba.

Y luego está Sophie, que concentra buena parte de la herida de la película. También lleva un implante coclear, habla con fluidez, ha estudiado y persigue una carrera como actuaria. Desde fuera representa el caso tranquilizador que cualquier institución podría exhibir en un folleto: la niña sorda educada en colegios ordinarios que ha conseguido incorporarse a la sociedad y llevar una vida considerada normal. Conviene ponerle siempre comillas a esa palabra, porque acostumbra a esconder más cosas de las que explica.

La madre de Sophie estaba convencida de que aprender lengua de signos perjudicaría su capacidad para hablar y relacionarse con personas oyentes, y por eso se la prohibió desde pequeña. El resultado es una joven que puede conversar con quienes oyen, aunque nunca con la facilidad que ellos dan por sentada, y que tampoco puede comunicarse libremente con buena parte de la comunidad sorda. La educación diseñada para integrarla la ha dejado en una tierra de nadie: sabe entrar en el mundo de los oyentes, pero le quitaron la llave del otro antes de que pudiera decidir si quería conservarla.

La película necesita muy poco para explicar la diferencia entre los tres. No los convierte en representantes de una mesa redonda sobre la sordera ni les reparte posturas para que el espectador elija la que le parezca más razonable. Sus experiencias dependen del grado de pérdida auditiva, de las familias en las que crecieron, de la educación que recibieron y, sobre todo, de las posibilidades que tuvieron a su alcance. Alan puede escoger entre varias formas de comunicación porque alguien se preocupó de enseñárselas. Wolf no siente que la lengua de signos lo encierre dentro de una comunidad, porque para él esa comunidad es precisamente el lugar donde nunca ha tenido que pedir permiso para expresarse. Sophie descubre que la supuesta adaptación puede convertirse también en una forma de aislamiento.

Y agradezco que la película tampoco convierta el implante coclear en la solución definitiva ni en el invento diabólico con el que los oyentes pretenden colonizar a los sordos, porque la realidad acostumbra a estropear esos debates tan cómodamente binarios. Puede resultar útil, ampliar las posibilidades de comunicación y mejorar una vida. Otra cosa es utilizarlo como certificado de normalidad y decidir que, puesto que el niño ya puede oír de alguna manera, aprender lengua de signos solo serviría para recordarle una diferencia que la familia preferiría dar por corregida. El problema no está en la tecnología. Está en quién decide cómo debe utilizarse y qué otras puertas deben cerrarse a cambio.

La madre de Sophie tampoco aparece como una bruja reaccionaria que disfruta privando a su hija de una parte de su identidad. Actúa creyendo que la protege y que el dominio de la lengua oral le proporcionará mejores oportunidades. Esa buena intención no reduce el daño, pero lo vuelve mucho más reconocible, porque las imposiciones más difíciles de discutir no suelen llegar envueltas en crueldad, sino en amor, miedo y promesas de un futuro más fácil. Hay padres que deciden por sus hijos porque quieren evitarles sufrimiento y terminan enseñándoles que una parte de ellos constituye precisamente el problema del que deben protegerse.

Adam Wong no se conforma con contar todo esto mediante los diálogos. El sonido participa en el relato y modifica la posición del espectador. En algunos momentos, las conversaciones y los ruidos ambientales llegan quebrados, confusos o borrosos, como si el mundo sonoro estuviera presente pero no terminara de dejarse ordenar. Quien lleve un audífono o un implante coclear no escucha necesariamente una versión más baja de la realidad que pueda corregirse subiendo el volumen, como quien arregla un televisor con el mando a distancia. El ruido puede amplificarse sin ganar claridad y llegar a resultar incluso físicamente insoportable.

La película consigue entonces algo que muchas obras sobre discapacidad ni siquiera intentan: deja de pedirnos que contemplemos desde fuera la dificultad ajena y altera sus propios recursos para colocarnos, aunque solo sea durante unos instantes, dentro de ella. Somos nosotros quienes dependemos del contexto, quienes intentamos separar una voz del ruido y quienes descubrimos lo agotador que puede resultar seguir una conversación mientras los demás hablan con la despreocupación de quienes nunca han tenido que pensar en cómo escuchan.

El cine ha utilizado tradicionalmente el sonido para conducirnos de la mano. La música señala cuándo debemos emocionarnos, cuándo se acerca el peligro y cuándo conviene empezar a llorar; los diálogos repiten aquello que la imagen quizá no haya dejado suficientemente claro. The Way We Talk entiende que el silencio no representa la desaparición de la comunicación, sino la entrada en otra forma de ella, y lo demuestra en la escena más hermosa de la película, cuando Alan y Wolf empiezan a enseñar lengua de signos a Sophie.

Wolf se coloca frente a ella y comienza a signar sin explicar el significado de cada movimiento. No hay voz ni aparecen subtítulos que traduzcan inmediatamente lo que está diciendo. Sophie debe observar las manos, el rostro y la postura, intentar relacionar un gesto con una idea y aceptar durante un rato la incertidumbre de no saber si lo ha entendido correctamente. Nosotros quedamos en la misma situación, y ese desplazamiento posee más fuerza que cualquier discurso sobre la empatía: por primera vez, los espectadores oyentes somos quienes no comprendemos y quienes esperamos que alguien tenga la paciencia de introducirnos en la conversación.

Cuando Wolf le enseña el signo de «mundo», cierra un puño y lo rodea con la otra mano para representar la Tierra. La escena podría haberse limitado al juego de adivinar palabras, pero contiene algo más importante. Las lenguas de signos no son una colección universal de gestos transparentes que cualquier persona pueda comprender guiándose por la intuición. Cambian según los países y están relacionadas con la gramática, la cultura y la historia de las comunidades que las utilizan. Sophie no está aprendiendo una serie de trucos para comunicarse cuando no quede más remedio. Está entrando en un idioma del que la mantuvieron apartada.

Y ahí la película demuestra una sensibilidad extraordinaria, porque invita al público oyente a apreciar la expresividad de la lengua de signos sin convertirla en una atracción exótica. Las manos se mueven con una fluidez que puede recordar a la danza, pero quedarse únicamente con su belleza sería otra forma de mirar desde fuera. La expresión facial, el cuerpo, la dirección de los ojos y el ritmo no adornan las palabras: forman parte de ellas. Los personajes no están ejecutando una coreografía para que nosotros admiremos su elegancia. Están hablando, y somos nosotros quienes debemos aprender a mirar una conversación sin esperar que alguien la traduzca inmediatamente para nuestra comodidad.

La película señala también las barreras que continúan encontrando las personas sordas en Hong Kong, desde los centros educativos que no proporcionan intérpretes hasta la persistencia de la idea de que aprender lengua de signos perjudica el desarrollo oral. Bajo esas decisiones aparentemente prácticas se esconde una jerarquía muy antigua: hablar como quienes oyen se considera una mejora, mientras que signar se acepta como último recurso, algo a lo que se recurre cuando el intento de normalización no ha dado el resultado esperado.

Adam Wong podría haber convertido todo esto en una denuncia mucho más frontal, con instituciones claramente señaladas y personajes obligados a pronunciar discursos contra la discriminación. Prefiere acercarse al problema desde las consecuencias íntimas y permitir que Alan, Wolf y Sophie existan como personas antes que como portavoces. La decisión evita el panfleto y le concede a la película una humanidad que habría desaparecido si cada conversación tuviera que avanzar una tesis.

Pero esa delicadeza también tiene un precio. La falta de intérpretes, la presión educativa y la obligación de adaptarse condicionan las vidas de los protagonistas, aunque la película parece más interesada en las heridas que dejan que en el funcionamiento concreto de las estructuras que las provocan. No necesitaba convertirse en una película furiosa ni inventar una colección de villanos administrativos, pero en algunos momentos su amabilidad amortigua demasiado el conflicto y permite que el mundo oyente salga mejor parado de lo que merece. La película describe una violencia ejercida con buenos modales y, por momentos, adopta ella misma demasiados buenos modales al describirla.

Es un reparo real, aunque no invalida la inteligencia con la que maneja a sus tres protagonistas. Wolf puede ser rígido en su defensa de la lengua de signos; Alan posee una libertad que depende también del entorno privilegiado en el que pudo aprender distintas formas de comunicación; Sophie no necesita que ninguno de los dos le diga quién debe ser después de haber pasado la vida obedeciendo las decisiones ajenas. La película no busca una respuesta idéntica para todos porque la libertad no consiste en sustituir una obligación por otra. Obligar a signar sería tan absurdo como prohibirlo. La cuestión es que nadie debería decidir de antemano qué forma de comunicación vuelve a una persona más aceptable.

Hacia el final, Sophie expresa el deseo de poder elegir la tranquilidad de comunicarse libremente con las manos. No está renunciando al mundo, ni encerrándose dentro del silencio, ni rechazando todo lo que ha aprendido hasta entonces. Está reclamando el derecho a utilizar una voz que siempre le perteneció, aunque otros decidieran que no debía conocerla.

Salí de The Way We Talk pensando que quizá los oyentes llevemos demasiado tiempo confundiendo nuestra facilidad para producir sonido con una capacidad superior para comunicarnos. La película no nos pide compasión por quienes no oyen ni intenta convencernos de que su vida sea una tragedia edificante. Nos pide algo más elemental y, visto lo visto, bastante más difícil: que dejemos de llamar silencio a una conversación que nunca nos molestamos en aprender.

Y consigue que esa petición, formulada casi siempre en voz baja, se escuche con una claridad extraordinaria.