Que le quiten lo bailado a Jackie Chan — Crítica de Unexpected Family

Chan interpreta a un entrenador de halterofilia jubilado que empieza a perder la cabeza, y el hombre que se jugó el esqueleto entero durante cuarenta años para hacernos reír nos ofrece ahora el espectáculo, mucho más incómodo, de ver cómo se le va desdibujando la memoria.
Ficha técnica
- Título internacional: Unexpected Family
- Título original:
过家家(Guo jia jia / Guò jiā jiā) - Dirección: Li Taiyan
- Intérpretes principales: Jackie Chan, Peng Yuchang, Zhang Jianing, Pan Binlong, Li Ping
- País: China
- Año: 2026
- Duración: 121 minutos
- Género: comedia dramática
Sinopsis
Un joven sin blanca acaba viviendo con un entrenador de halterofilia jubilado que padece alzhéimer y lo confunde con su hijo ausente, dando pie a una familia improvisada sostenida por la piedad, la mentira y la necesidad.
Tráiler
Mi opinión
Escribí hace tiempo, a propósito de un Harrison Ford que llegaba a los ochenta años todavía con el sombrero y el látigo, que el retrato de la vejez y la decadencia de alguien al que siempre imaginamos eternamente joven e invulnerable provoca tristeza y ternura. Pues bien, aquí está el capítulo asiático de esa misma historia, y con un protagonista que tiene todavía más motivos para asustarnos con el paso del tiempo, porque a Jackie Chan lo conocimos rompiéndose los huesos de verdad, saltando de andamios reales, cayendo sobre cristaleras auténticas mientras las cámaras registraban el crujido. Aquí no hay ni un salto. Chan interpreta a un entrenador de halterofilia jubilado que empieza a perder la cabeza, y el hombre que se jugó el esqueleto entero durante cuarenta años para hacernos reír nos ofrece ahora el espectáculo, mucho más incómodo, de ver cómo se le va desdibujando la memoria.
La premisa, contada fría, es de las que hacen temer lo peor: un joven sin blanca que ha huido de su pueblo se convierte, por accidente, en inquilino de este viejo en un Wuhan de barrio, y el viejo, ya tocado por el alzhéimer, lo confunde con Zhuangzhuang, el hijo que se marchó de casa hace años. El médico recomienda seguirle la corriente. Y ahí se instala el resto del reparto de okupas accidentales: una agente inmobiliaria a la deriva, un vecino entrometido y cariñoso, gente sin nada que ver entre sí a la que el alquiler barato y la piedad convierten en familia de mentira. Hasta aquí, terreno muy transitado. Lo que distingue a esta película, y lo que le da un peso que no prometía, es el motivo concreto de aquella marcha: Zhuangzhuang también fue halterofilio, entrenado por su propio padre, y hace treinta años se le escapó el campeonato del mundo. Esa derrota, y probablemente todo lo que el padre-entrenador le hizo sentir por ella, fue lo que lo alejó de casa. El joven inquilino no está reemplazando a un ausente cualquiera: está ocupando, sin saberlo del todo, el hueco de un hijo al que su propio padre exigió demasiado, la misma disciplina de hierro aplicada a la barra del atleta y al corazón del hijo sin distinguir entre las dos cosas.
Y aquí llega la escena que sostiene la película entera, y que es también su idea más arriesgada: los inquilinos deciden reconstruir, a modo de representación casera, un momento familiar importante de la vida de Ren para que él lo reviva mientras todavía puede reconocerlo. La intención es piadosa, casi terapéutica. Pero al montar esa escena descubren cosas que no esperaban, tanto sobre sí mismos como sobre el pasado del viejo, y el simulacro deja de ser un juego inofensivo para convertirse en una excavación. Hay algo genuinamente incómodo, y admirable, en filmar la impostura como acto de amor: estos desconocidos mintiéndole a un hombre para que su memoria, cada día más porosa, tenga algo bueno a lo que agarrarse, sabiendo que la mentira les está enseñando la verdad a ellos.
Chan, que ha cumplido setenta y uno, sostiene todo esto con una interpretación que le exige justo lo contrario de lo que hizo famoso: quietud. No necesita golpes ni piruetas para captar la atención, y aquí no le hacen falta ni para disimular que le faltan. Capta la confusión del que empieza a no reconocer su propia casa, el fogonazo de lucidez que dura un segundo y se apaga, el cariño desesperado hacia un hijo al que ya no reconoce del todo, ni siquiera cuando es de mentira. Y no es casualidad ni caso aislado: llevo notando que el hombre, ya entrado en años, vuelve una y otra vez a papeles de padres separados de sus hijos por su propia mano, casi como si estuviera ajustando cuentas con algo personal que a los de fuera no nos toca adivinar. Lleva décadas repitiendo en entrevistas que aspira a ser el Robert De Niro asiático, y aquí, por primera vez que yo recuerde, entiendo exactamente a qué se refería: esto es actuación de las que no se disfrazan de nada, puro oficio de mostrar por dentro sin levantar la voz.
Mis reparos van por donde suelen ir estas producciones corales: el guion reparte demasiado tiempo entre las historias de los inquilinos secundarios, y algunas de esas subtramas, con sus propios dramas personales, distraen del vínculo central en vez de alimentarlo. Se entiende la intención, dar espesor a toda la familia postiza, pero el resultado desequilibra el conjunto y en el tramo medio la película pierde algo de fuelle, con un ritmo que se remansa más de lo que conviene. Dos horas y un minuto para esta historia son quince o veinte de más.
Aun con esos peros, salgo conmovido, y pensando otra vez en aquel Harrison Ford del bar mañanero, en la tristeza y la ternura que provoca ver envejecer a quien creíamos invulnerable. Solo que aquí la vejez no es un chiste sobre articulaciones cansadas, sino la sustancia misma de la historia: la de un hombre que se hizo grande a base de levantar peso muerto y que la enfermedad va reduciendo, poco a poco, a un tamaño que apenas reconocemos. Que le quiten lo bailado a Jackie Chan. Lleva cuarenta años bailándolo a costa de sus propios huesos, y ahora, sin romperse ni uno, encuentra otra manera de dejarnos el aliento cortado.


